sábado, 17 de marzo de 2012

Aún mantengo mi esperanza de encontrarlo

Me contaron de pequeña tantas historias de princesas, tantos romanticismos, que creo que no estoy hecha para la vida real, sino para ese lujo de vida. A pesar de haber crecido, madurado, cambiado, a pesar de saber a lo que me enfrento hoy en día, sigo teniendo esa llamita de esperanza en mi interior de encontrarlo. No sé si estoy sola en este mundo extraño de los que no pierden la esperanza, pero eso es lo que parece. Todos los hombres deberían saber que no es difícil conquistar a una chica, no es difícil ganársela. No es difícil siempre y cuando la conozcan. Si no es difícil, entonces, ¿por qué les cuesta tanto hacer las cosas?. En fin. A veces me gusta tumbarme en mi cama mirando al techo, con la guirnalda de luces encendida, sí, esa que enciendo cuando sueño despierta y me imagino cosas que me gustaría que pasasen. No tengo un prototipo ideal de persona, aunque sí que me gustaría que tuviera ciertos detalles. Sé que pido un poco demasiado, pero toda chica de la generación Disney alguna vez ha pensado en ello pues si me concediesen algún deseo pediría que esa persona especial sintiera por mí algo tan grande que no pudiese describir con palabras, que cuando le pregunte por cuánto me quiere no me diga mucho, ni un montón, ni de aquí a Bélgica, ni siquiera a tres metros sobre el cielo, pediría que me dijese que no existe unidad de medida que explique cuánto me quiere. Pediría que me abrazase sin más, sin pedirlo con palabras o miradas, y que me sorprenda abrazándome por la espalda, y que al hacerlo apoye su cabeza en mi hombro. Pediría alguien que sepa cuando estoy mal, que se preocupe sobre las cosas que me importan; alguien que con mirarlo sepa lo que le quiero decir, que me entienda, sin necesidad de palabras. Desearía alguien que me escuche; no necesito que me aconsejen todo el día, solo que me escuchen cuando tengo algo que contarle o simplemente para dejar que me desahogue. Alguien que con mi mirada sepa que me apetece reírme y lo consiga, que me haga revolcarme de la risa hasta enloquecer. Pediría alguien que no me diga que me echa de menos, sino que cuando lo haga que venga a buscarme, que no le importe si nos acabamos de ver para volver a escuchar mi voz, que no se canse de mis locuras. Alguien que se ponga nervioso al verme, que busque mi mirada ansiando ese encuentro especial que sólo entendamos nosotros. Alguien que me baje la Luna, que me lleve hasta las estrellas y me cante al oído canciones de amor. Pediría alguien que en fechas especiales me regale su presencia con besos y abrazos eternos, acurrucados bajo la luz nocturna hasta que llegue el amanecer; no necesito bombones, cenas románticas ni citas especiales, con un ramo de flores silvestres me conformo. Alguien que por mí fuese capaz de hacer el tonto, aunque hacer el tonto sea una cualidad suya, pero que por mí sea capaz de hacerlo aún más, sobre todo si eso implica hacerme sonreír cuando estoy mal. Alguien que no renuncie a sus amigos por estar conmigo, pero que siempre encuentre un huequecito para nosotros. Pediría alguien que se ponga nervioso al verme, que los paseos largos conmigo no le parezcan aburridos, que le encante mi olor y que le guste tocarme el pelo. Desearía alguien que piense que estoy guapa aunque me acabe de despertar o esté despeinada por el viento, alguien que me enamore cada día y que se deje querer por mí y a mi manera, que yo sé que es especial, pero entonces no sería mi querer. Pediría alguien que fuese para mí un amigo, hermano, padre y que junto firmemos un pacto sellado con nuestros corazones y para no separarnos nunca. Sé que puede que a simple vista parezca imposible de conseguir, pero yo no me rindo y sobretodo




aún mantengo la esperanza.

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