miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mientras tú no te atrevas a arrancar

De esto que me pongo a pensar y llego a la conclusión de que te quiero.

Hace más de un año que te conozco, más de 12 meses, de 365 días; pero no hace más de un año que nos llevamos bien. Habré recordado unas mil veces que me odiabas igual que yo a ti. Al menos al principio. Pero no me arrepiento. No me arrepiento de odiarte porque me encantan los giros que no me espero. Me encantan las sorpresas. Y me encanta quererte después de odiarte.


Recuerdo exactamente el día que decidiste hablarme. Porque fuiste tú, el primero de los dos, en romper el silencio; el primero de los dos que decidió cambiar de actitud. Ese día comenzaste a descoser mi vida, la misma que tanto me había costado que se mantuviera estable.


Recuerdo tus palabras y sonrío cuando lo hago. Recuerdo tu sonrisa y sonrío más aún. Recuerdo también que fue la primera vez que decidiste mirarme a los ojos sin maldad ni odio. Y yo sin tener ni idea, entonces, de que te llegaría a querer tanto. 


A veces te odio, aunque nunca como antes; otras te quiero. Y lo hago de una manera que no sabía que se pudiera y que, ni mucho menos, pensaba que lo llegaría a hacer por ti. Pero, sobre todo, no puedo estar sin ti. Que quiero que vengas y que no te vayas porque al minuto de irte ya empiezo a pensar en ti y a echarte de menos. Y qué putada pensar en ti. Sobre todo si tú no lo haces.


Recuerdo el día que tu nombre apareció en la pantalla de mi teléfono por primera vez. Y el día que reí por primera vez con una broma tuya. Recuerdo el día que te hiciste indispensable para mí. Y también el día que supe que me había enamorado de ti. Y el día en que me di cuenta de que ni el tiempo ni la distancia podían hacer que dejara de sentir cosas por ti.


Y, ¿sabes qué no recuerdo? No recuerdo haber sufrido nunca antes lo que sufro con la incertidumbre de si me quieres o no. Porque no lo sé. Aún no lo sé. Sólo sé que me pongo a recordar el día que empezaste a descoser mi vida cada vez que haces como que no me quieres. Y cuando recuerdo el brillo de tus ojos al mirarme comprendo que sí que lo haces, pero que quizá no tanto como yo a ti. Y aún así nunca me arrepiento de odiarte igual que tampoco de dejar de hacerlo.


Y, no sé. Me gusta escribir que te quiero mientras no me dejes decírtelo o mientras tú no te atrevas a arrancar.




domingo, 30 de noviembre de 2014

Que quiero que vengas ya

A ver cómo te digo que vengas. Que yo quiero que vengas, a ver cómo te lo digo. Que llevo mucho esperándote y aún más puedo esperar, porque te quiero, pero quiero que vengas ya. No sé de qué manera decírtelo, ni de qué manera convencerte, que yo quiero que vengas ya. Que cuando vengas me harás feliz, porque tú me haces más feliz. Que cuando tú me miras yo soy más feliz. Y cuando tú estás cerca. Y cuando tú me sonríes. Y cuando me tocas. Y cuando sólo te acercas para bromear o hacer el tonto. Que cuando tú vengas me voy a hartar. Pero no de ti. De abrazarte. Y tú de mí. De abrazarme. Que cuando tú vengas no te voy a dejar ir. Porque no he querido a nadie como a ti, porque nadie me hace sentir como tú, y eso que aún no has venido. Que cuando tú vengas estaré mejor, porque ya no volveré a pasar frío. Ya no volveré a saber qué es la soledad. O lo que es dormir sola. O lo que es no tener un nombre que me haga sonreír con sólo oírlo. Que quiero que vengas porque sé que me quieres. Y que me necesitas. Y porque sé que te quiero. Y que te necesito. Que no puedo vivir sin ti y quiero que vengas. Que me das color y me das luz y quiero que vengas. Que quiero que vengas ya. Que cuando vengas te voy a querer -aunque ya lo hago- pero te voy a querer más. Que cuando tú vengas no me lo voy ni a creer, porque estás tardando tanto que me va a parecer mentira que hayas venido.











Y que, a ver cómo hago yo para que leas estas líneas y convencerte, así, de que quiero que vengas ya.

domingo, 23 de noviembre de 2014

Contigo me pasa que nunca me canso

¿No te pasa que te cuentan una broma que te hace reír mucho y te encanta, pero que cuando te la cuentan una segunda vez te parece de lo más tonta? ¿No te pasa que de repente un vídeo o una fotografía te hace soltar una carcajada pero que al minuto siguiente, cuando vuelves a verlo, ya no lo hace? O una película. ¿No hay películas que aborreces a la segunda vez que la ves? O una bebida. El primer sorbo te fascina, el segundo es monótono. O un juego de mesa que acabas odiando de tanto que has jugado porque en su momento adorabas tanto que casi se había convertido en tu razón de vivir.

Contigo no me pasa. Contigo me pasa que nunca me canso. Contigo me pasa que cuando estoy a punto de dejar de pensar en ti con tanta frecuencia porque parece que te empiezo a aborrecer, pasa que llegas tú y me sonríes. Como siempre, rompiendo esquemas. Contigo me pasa lo que me pasa con mi montaña rusa favorita, que me sé sus curvas y vueltas y nunca me canso. Contigo me pasa lo que me pasa con mi café favorito, o con el café en general, que nunca tengo suficiente y nunca parezco hartarme. Porque me encanta. Igual que tú. Contigo me pasa lo que me pasa en verano cuando llega la temporada de helado, que cada vez que lo tomo es como la primera vez, y nada se asemeja a la primera vez que tomamos el helado que a partir de ese momento se convertirá en nuestro favorito. Y eso sólo me pasa con el helado de chocolate y menta. Y esto sólo me pasa contigo. Y, a pesar de mi buena memoria, siempre es como la primera vez que te veo cuando lo hago. Y la primera vez que te sonrío de vuelta cuando tú lo haces. Porque contigo me pasa que no necesito tener buena memoria para mantener a las famosas mariposas en mi estómago. Porque esto sólo me pasa contigo, y aún dudas si te quiero o si otro ocupa tu puesto, pero ya ves que no. Aunque no quiera. Aunque lo disimule. Aunque haga como que me canso.




lunes, 17 de noviembre de 2014

Sé que el amor es sólo un grito en el vacío - Bajo la misma Estrella

  "Estoy enamorado de ti, y no me apetece privarme del sencillo placer de decir la verdad. Estoy enamorado de ti y sé que el amor es solo un grito en el vacío, que es inevitable el olvido, que estamos todos condenados y que llegará el día en que todos nuestros esfuerzos volverán al polvo. Y sé que el sol engullirá la única tierra que vamos a tener, y estoy enamorado de ti."



Bajo la misma Estrella, John Green.

viernes, 14 de noviembre de 2014

De hechos y cosas que no entiendo

No entiendo por qué no me quieres. Igual que no entiendo por qué los días encapotados, los días grises, suenan a despedida. Igual que tampoco entiendo por qué el invierno y el frío nos recuerda que estamos solos, nos recuerda que sobre todo existe la soledad. Igual que tampoco entiendo por qué nos da por escuchar canciones tristes cuando estamos solos. O por qué cuando la ausencia me consume necesito un chocolate o un café muy caliente, de esos que arden cuando bajan por la garganta. Pero es un hecho. Igual que es un hecho que lloro cada vez que escucho Back to December de Taylor Swift sin tener por qué. Quizá porque me da pena la nostalgia que trasmite, porque la siento conmigo aunque nunca haya tenido la oportunidad de hacerle daño a alguien como para arrepentirme, o como tú estás a punto de hacerme. 

¿Me quieres? No lo sé. Siempre la misma pregunta. Siempre la misma respuesta. Yo estoy enamorada de ti, eso también es un hecho. Estoy enamorada de ti y, por muy cursi que suene, es la pura realidad. Te quiero. Estoy cansada de negármelo, cansada de evitarlo, cansada de decir "hasta aquí he llegado" cada vez que haces como que tú a mí no. 


Muchas veces me pregunto qué pasará por tu cabeza para darme señales que sí y señales que no. Quizá tienes miedo, que lo entiendo, pero dímelo, porque más miedo que yo dudo que tengas. El problema es que hay algo que nos diferencia, y es que yo sí que estoy dispuesta a tirarme al vacío, y tú hasta ahí no parece que quieras llegar. 


No me gustan los días de invierno y no me gustan los días sin ti. Y esto también es un hecho. Tampoco me gusta que pases de mí y hagas como que no sientes cosas. Ni que disimules cuando estés celoso. Que eso tampoco lo entiendo. No entiendo por qué disimulas tus celos cuando ya los he visto. O por qué estás celoso cuando sólo somos amigos. Porque según tú somos amigos; según yo, no. Y esto es otro hecho. Todo esto son hechos. Igual que es un hecho que estoy enamorada de ti y que por el momento no dejaré de estarlo, sino que me seguiré preguntando por qué tú no me quieres o por qué si lo haces no me lo demuestras. Y por qué tengo que pasar otro invierno sola, que eso tampoco lo entiendo.




miércoles, 12 de noviembre de 2014

I believe in miracles

Creo en el color rosa. Creo que la risa es el mejor quemador de calorías. Creo en besar, besar mucho. Creo en ser fuerte cuando todo parece ir mal. Yo creo que las chicas más felices son las chicas más guapas. Creo que mañana será otro día y creo en los milagros.

 Audrey. H

viernes, 7 de noviembre de 2014

Hablemos

Hablemos de por qué estás en todas partes. O de por qué soy yo la que te veo en todas partes. Hablemos de por qué soy a la que todo le recuerda a ti. Hablemos. Hablemos porque parece que ya no lo hacemos. Y, aunque parezca mentira, te echo de menos. A ti. A nosotros. A lo que fuimos. A lo que pudimos haber sido un día y nunca llegaremos a ser. Hablemos de eso también. Hablemos de las historias que no quisiste acabar o de cómo cerraste el libro entero sin dejarme tiempo a salir. Hablemos de los puntos finales que nunca se pusieron o de los "y fueron felices y comieron perdices para siempre" que nunca será con nosotros. Hablemos de las voces en nuestro interior suplicándonos que no nos separemos. Hablemos de que no puedo seguir viviendo sin ti. 


Hablemos, porque lo necesito. Necesito que hablemos. Y también necesito nuestros paseos. Y nuestras movidas. Y nuestras discusiones que siempre acaban bien. Y nuestras risas. Y tu voz. Y las sonrisas que me dedicabas. Y tu mirada. Y tu forma de mirarme. Ay, ¡y qué forma de mirarme! Eso es lo que más echo de menos, y sobre todo al saber que nunca más volverás a mirarme así y que nunca más volverán a mirarme así. Porque sí, vendrán otros. Quizá no muchos. Quizá ni siquiera más de uno. Pero vendrá, y sé que nunca jamás me mirará así porque nunca jamás me querrán como tú me quisiste ni ocuparán tanto en mi corazón como ocupabas tú. Como aún ocupas tú. Hablemos de eso también. Hablemos de que aún te quiero.

lunes, 3 de noviembre de 2014

Te mentí y te miento

Te mentí. A estas alturas ya debes saber lo que siento. O lo que crees que siento. Quiero que sepas que te mentí. Te mentí diciendo que te quería. Te mentí cuando dije que no podía vivir sin ti, que me rompiste cuando me demostraste que no era tan importante para ti como creía. Te mentí cuando demostré que me moría por leerte a altas horas de la madrugada mientras yo estaba de fiesta y tú no. Te mentí cuando dije que lo que sentía era tan grande que necesitaba que las palabras salieran de mis pensamientos en forma de dedos pulsando un teclado de ordenador, tan usado que muchas de las letras casi ni se ven, pero que sabes que están ahí, como creías que era mi amor por ti. O como yo creía que era tu amor por mí. 

Sin embargo te mentí. Te mentí, también, al decir que me dolía que prefirieras seguir enterrándote en la mierda que rodea todo tu pasado en lugar de venir a por mí, aún sabiendo que te esperaba con los brazos abiertos. Te mentí también en eso, por cierto, no te esperaba con los brazos abiertos. Te mentí al decir que releía nuestras mejores conversaciones intentando convencerme de que también me querías, que no eran imaginaciones mías y que no me estaba volviendo loca. Te mentí cuando te dije que sabía tu historia desde hacia meses. Te mentí cuando te dije que sé donde estás a cada momento porque quería saber cuánto de lejos estaba mi corazón del resto de mi cuerpo. Te mentí al decirte que te echaba de menos y sobre todo al decirte que te quería. Te mentía con los ojos, que no brillaban por ti, y con la boca, que no sonreía por ti. Te mentí.


¿Por qué te mentí? Te preguntarás. No tengo respuesta. Te mentí tanto, tanto, tanto... que no tienes ni idea. Te mentí y te sigo mintiendo. Y lo seguiré haciendo si seguimos así. Te mentí, claro que lo hice. Y también lo estoy haciendo ahora. Porque quizá te esté mintiendo ahora mismo, en realidad, y que todo en lo que digo que mentí en realidad no era mentira, sino que esta confesión es la verdadera mentira. O no. O sí. ¿Quién sabe? Sólo yo, porque tengo miedo. Tengo miedo de ti, de tus mentiras y tus verdades, de que me hagas daño. Tengo miedo, y tengo tanto que prefiero vivir con un escudo que me proteja de ti. Y por eso miento.



viernes, 31 de octubre de 2014

Cansada del ni contigo ni sin ti

Nunca quise enamorarme. Dios sabe que no quiero mezclar el amor en mi vida laboral, por decirlo de alguna manera. Pero me enamoré. Rompiste mis esquemas y yo acabé enamorándome. Primero fuiste tú, tan pendiente de mí. Nadie me había mirado antes como tú lo hacías, y nunca antes había provocado que los ojos de nadie brillaran de tal manera como lo hacían los tuyos al verme. Me querías. Yo lo sé. Y lo supe. Y tú también lo sabías. Y luego yo fui cayendo. Primero lentamente y luego de golpe, igual que Hazel se enamora de Gus en Bajo la misma estrella. Igual, de la misma manera. Y sin embargo lo negaba. ¿Sabes cuánto tiempo lo negué incluso aunque fuese evidente? Meses. Y no uno o dos, sino cinco. Cinco hasta la primera vez que lo reconocí. La siguiente vez fueron siete. Negué que te quería aún sabiendo en lo más profundo de mí que no podía negarlo por mucho tiempo. Porque, eso sí, no se lo digas a nadie, pero en el fondo siempre supe que me marcarías. Lo supe incluso cuando no nos hablábamos. Ya sabes que soy algo brujita, por llamarlo de alguna manera. ¿Qué te parece? No podía reconocer que tenía una conexión especial contigo cuando nuestro odio era mutuo. Y no podía reconocer que me gustabas después, cuando ya no nos despegábamos. Del amor al odio hay un paso. Y viceversa. Y vuelta hacia atrás otra vez. Y qué bonitos meses. No había un yo sin un tú y no había un tú sin un yo. Éramos nosotros incluso antes de que pudiésemos planteárnoslo. Y, llámame loca, enferma, obsesa o lo que quieras por mi afán por analizarlo todo, pero los detalles que tenías te descubrían. Quizá no te acuerdes, pero tus ojos siempre se desviaban hacia mí, tus pies siempre andaban más rápido si yo iba por delante o más despacio si querías que te alcanzara, tus manos siempre acababan cerca de las mías cuando estábamos cerca y tus pensamientos siempre acababan trayéndote hacia mi habitación, hacia mí. Me querías. ¿Me quieres ahora? No lo sé. Nunca supe ni sé con exactitud qué te pasa por la cabeza. Eres de los pocos que nunca espero, de los pocos que no consigo adivinar lo que quiere. Y yo sólo sé que me querías en aquellos tiempos, cuando todo parecía más fácil. 

¿Por qué cambiaron las cosas? Vete tú a saber. Lo que cambió en mí es que ya no negaba que te quería. No se lo negaba a mis amigas ni te lo llegué a negar a ti. Y lo más importante, no me lo negué a mí. Había empezado a reconocer que no podía vivir sin ti, que los meses de verano sin saber prácticamente nada de ti se me hicieron eternos. Y, como sé que me lees, no hace falta que te recuerde que, por primera vez en mi vida, me alegré de que acabara el verano. Qué cosas. El caso es que cuando acabó el verano me entregué a ti. Y al principio me correspondías. Y yo aposté por ti. Aposté por mí. Aposté por nosotros. Aposté por que compartiríamos más momento íntimos de los que al final acabamos compartiendo. Aposté porque tendrían que trabajar mucho los demás para quererse como nos querríamos nosotros. ¿Qué pasó? No lo sé. Después de que me entregara, un giro inesperado, por ponerle algo de humor en este texto tan gris, acabó separándote de mí. El orgullo se instaló entre nosotros. Y ahora, aunque nos encontremos a milímetros de distancia, aunque nuestras rodillas se rocen o nuestros codos estén pegados, la DISTANCIA nos separa. Con mayúsculas. Ya sí hay un yo sin un tú o un tú sin un yo. Ya sí. Y me duele. Me consume. Me desgarra. Y sin embargo me aguanto. Ya te dije una vez que cuando me encuentro en callejones sin salida me aparto, porque no quiero hacerme más daño del que hago quedándome, así que me aparto. Siempre lo he hecho, ya te lo dije, y no serás del primero del que me aleje. El problema ahora es que eres tú quien no me dejas alejarme. Yo nunca te he pedido explicaciones de por qué me quisiste y por qué ahora no. O de por qué decidiste que lo nuestro ya no te gustaba. O de si es que tu pasado ha vuelto para revolver tu vida y romper nuestra conexión. Nunca lo he hecho. Y lo que menos espero es que tú te creas con capacidad de poder juzgar mis nuevas elecciones. O de no apartarte de una vez cuando decido cambiar de camino. ¿Acaso lo hueles? ¿Adivinas cuándo decido alejarme de ti? ¿Por qué coño no me dejas buscar a alguien que sí se atreva a quererme, alguien que se beba los vientos por mí, que amanezca y anochezca conmigo, alguien que no crea en el miedo y que se trague el orgullo porque me quiere? ¿Por qué no me dejas vivir? Estoy cansada del ni contigo ni sin ti, de que ni me quieras ni me dejes ir. Y de que me estés haciendo daño.




viernes, 10 de octubre de 2014

Preguntas que me hago sobre ti


Has pasado de ser un pensamiento más a rondar mi mente las 24 horas del día. Cada gesto, cada movimiento, cada canción, cada olor, cada vista... me recuerda a ti. Todo me recuerda a ti, de hecho. Y me duele no tenerte cerca. Igual que me duele que nos ignoremos. ¿Por qué nos ignoramos? ¿Por qué no podemos querernos como personas normales? Tengo la respuesta: nos gustan los retos, nos gusta lo complicado. A nosotros no nos va lo típico ni nos va lo fácil. Por eso me gusta, porque es a nuestro estilo. 

Tantas preguntas por hacer y cada vez que te veo lo único que mis labios saben formular es una de esas sonrisas estúpidas que se adelantan a las palabras; de esas que no pueden disimular que me alegro de que estés alrededor; de esas que te dicen claramente "Soy para ti". ¿Por qué tú no lo ves? ¿Acaso no está claro? ¿Acaso lo ves pero como no sientes lo mismo haces como que no lo ves? ¿Si no sientes lo mismo por qué actúas como si me quisieras? ¿Y si en realidad me quieres pero no te atreves porque tienes miedo? Y si me quieres, ¿por qué me ignoras? ¿Por qué me olvidas? ¿Por qué haces como si no existiera? ¿Acaso tienes una especie de caparazón para evitar que me acerque a ti porque sabes que acabarás hasta los huesos? ¿Sabrás que yo sí que lo estoy? ¿Que no quiero otra forma de pronunciar mi nombre que no sea la tuya? ¿Que no quiero que nadie te sustituya? ¿Que mis mejores sonrisas son las que tú me provocas? ¿Que no quiero a nadie que no seas tú? ¿Que no hay nadie por encima de ti? ¿Que no quiero otros sueños que los que son contigo? ¿Acaso no lo sabes ya?
¿Acaso necesito luces de neón para que te des cuenta de una vez que me muero por ti?

miércoles, 11 de junio de 2014

Hoy vengo a confesarte lo que siento

Quizá Sevilla no es contigo, pero quizá tampoco es sin ti. Juro que jamás había sentido el vacío que siento cuando no estás cerca mía. Quizá es obsesión, que también, pero en cualquier caso no puedo vivir sin ti. 

He perdido metros que se han ido en mis narices porque venías detrás; he estado en los sitios donde estarías porque sabía que ibas a estar; he querido morirme para que tú me dijeses "¿A quién tengo que matar?". Por eso ahora no puedo negar lo evidente, ya es imposible. 


Ahora quizá es tarde. Ahora que no estás puede que sea tarde para decirte lo que siento, pero si no lo escribo me muero. Así que ésta soy yo, la misma loca que conoces echando de menos tu piel pálida, esa que tanto odian los demás y que a mí me da igual que odien. Echando de menos tu sonrisa de superioridad y autosuficiencia por mucho que te diga que la odie; lo que no sabes es que me muero por besarla. Echando de menos tus saludos de media sonrisa y un leve movimiento de cabeza cuando nos cruzamos, como si no nos alegráramos de tener al otro alrededor. Echando de menos que me necesites. Porque lo haces, me necesitas, aunque luego todos se hayan puesto de acuerdo en pensar que sólo me necesitas para lo que te interesa. Echando de menos querernos después de odiarnos: es una de las mejores formas de querer. Echando de menos las miradas entre clases y en mitad de ellas. Quizá tú sí, pero yo nunca he tenido con nadie la complicidad que tengo contigo. Dicen que cuando no necesitas palabras para entenderte, cuando las miradas son suficientes, ahí es donde empieza el amor. Si es así, yo ya estoy hasta los huesos. 


¿Por qué escribo esto y no lo digo? Porque no puedo. Porque no estás. Porque me hace falta tu mirada entre la gente. Porque las palabras no salen de mi boca como lo hacen de mis dedos. Por eso estoy aquí, de pie entre decenas de personas, ajenas a que una chica abre su corazón por medio de palabras para confesarte lo que siento, aunque ahora sea tarde. 


jueves, 24 de abril de 2014

Cosas al azar sobre melancolía, amor, tú y otras mierdas

En ocasiones tengo uno de esos días en los que sólo me apetece que acabe y que deje de ser tan fastidioso como lo lleva siendo. Hay días en los que me siento tan melancólica que probablemente podría estar lloviendo sobre mí y yo sin inmutarme. Hay días en los que me muestro tan impasible que odio el mundo en cualquiera de sus formas y maneras. Hoy era de esos días. Estaba tan dispuesta a darle una patada al mundo por haberme dado la espalda de manera tan literal que sólo tú conseguiste salvarme. Tú. Era irónico porque de ninguna de las maneras me gustabas tanto como me gustaron otros, como soñé con otros. Y era mucho más irónico porque ambos sabemos que en el caso de que me gustases algo, siempre lo hacías mucho más que yo a ti. Y no hablamos de mogollones. No obstante tenía que reconocer que sí, que me hipnotizabas, muy a mi pesar. ¿Qué clase de brujería usabas para alegrarme el mismo día que ni toneladas de chocolate lo harían para luego ser tú, la misma persona quien me arrugó como se arruga un papel y quien me desmoronó del mismo modo que se puede desmoronar un castillo de arena con simple palabrería? Eras tú, maldita sea, eras tú. Quizá si lo hubieses sabido no me habrías hecho lo que me hacías, pero no era capaz de decírtelo por mí misma. Sólo era capaz de escribir. De escribir y no dejar de escribir aún sabiendo que las palabras que yo unía pulsando las letras de un teclado te llegarían. Jamás lo harían, pero jamás esperaba que lo consiguieran. Y así podía estar. Mil veces preguntándome "¿Por qué tú, alguien que no me había llegado tan hondo como los demás?", "¿Por qué sólo tú eras capaz de causar ese efecto en mí si yo ni siquiera era capaz de arrancarte un par sonrisas seguidas?". El amor es una mierda incluso cuando no estás segura de si es amor. Y lo peor era que probablemente me encontraba ante un caso más, por enésima vez en mi vida, de amor no correspondido ni de lejos, y ya me empezaba a cansar de esa mierda que llamaban amor. Quizá estaba dejando de creer en él.


viernes, 7 de marzo de 2014

Aquella mañana fue cuando el café se volvió mi único amigo

Aquella mañana desperté deseosa de verte. Aquella mañana, como muchas otras mañanas, fuiste mi primer pensamiento al despertar, fuiste la primera persona en la que pensé, el primer nombre que tuve en mente. Fuiste mi pensamiento al echar la sábana a un lado, mientras un escalofrío recorría mi cuerpo por el contraste entre la calidez de la cama y el frío del exterior. ¿Por qué seguía haciendo tanto frío? ¿Cuántas mañanas quedaban hasta que, por fin, consiguiese la primavera entrar de nuevo en nuestras vidas? Deslicé mis pies descalzos por el frío suelo hasta el baño, donde me aseé sin conseguir quitar tu recuerdo de mi mente. No dejé de pensar en ti mientras me enjuagaba la cara y me limpiaba los restos de maquillaje de la noche anterior. Ni siquiera lo hice mientras me cepillaba el pelo que casi me llegaba por las caderas. Quise cortármelo varias veces, pero cada vez que pensaba en ello tú siempre me reñías y me decías que no, que no lo hiciera, que estaba más guapa así y que a ti te gustaba más. Incluso aquella mañana pensé de nuevo en acabar con mi melena, pero tú volviste a aparecer en mi mente riñendome y negándote a que la cortara. Tú siempre creías que no, pero nunca llegaste a saber lo que influías en mi persona.

Abandoné el baño, aún con una sonrisa en mi rostro provocada por tu recuerdo en mi mente. ¿Cuántas horas me quedaban para volver a verte? Demasiadas. Cualquier tiempo superior a un minuto era demasiado. Llegué a la cocina y comencé a preparar café, de la clase de las que a ti te gustaban, con leche y canela espolvoreada. Los primeros rayos de Sol entraban a través de las rendijas de la persiana de la cocina siendo la única claridad que se encontraba en ella. No quería encender la luz. No era de ésas. La luz era demasiado cegadora para una persona a la que le costaba despertarse del todo a pesar de llevar varios minutos fuera de la cama. Los rayos iluminaban parte del suelo y los platos sucios en el fregadero siendo el recuerdo de la noche de ayer. Dos platos, dos tenedores, dos cuchillos y dos copas. Incluso los objetos inertes me recordaban a ti. Recordé que tuvo que ser una buena velada, aunque el alcohol que tomamos la noche anterior me impidiese recordarlo todo. Un poco de café me ayudaría a recordarlo. Siempre lo hacía.


Me senté en la silla de la cocina en la que recordé que tú te sentaste la noche anterior, observando cómo terminaba de cocinar la cena. Me senté mirando el reloj de pared, aunque fue inútil ya que sin luz no conseguía ver la hora. Si lo pasamos tan bien, ¿cómo es que estaba despierta tan temprano? ¿Y por qué tu no dormiste aquí? Rodeé con ambas manos la taza con café hirviendo intentando entrar en calor. Pegué un sorbo al líquido con la esperanza de que el milagroso café me sirviera para recuperar la memoria de la noche anterior. Fue entonces cuando lo recordé. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y me dejó petrificada. Recordé por qué no habías dormido aquí. Y también por qué no me habías llamado para darme los buenos días. Recordé tus últimas palabras antes de irte de aquí, las mismas palabras que deseaba que nunca dirías. Recordé nuestra conversación cuando terminamos la cena, cuando descubrí por qué te habías pasado la noche en silencio y muy serio. "No te quiero. Lo siento." "¿Por qué dices eso? ¿Hay otra?" "Sí. Lo siento. No puedo seguir contigo." Desde entonces el café fue mi único amigo, por todas esas lágrimas que me enjugó esa mañana cuando recordé por qué acabé con toda la botella de vino yo sola, después de que tú te fueras sin dar más explicaciones.




Día tras día, noche tras noche, el café fue el único que me entendió. Así fue cómo me enamoré del café.

lunes, 27 de enero de 2014

Porque sin ti, nada me llena

Porque me pongo nerviosa cuando veo tu nombre escrito en cualquier parte. Porque te echo de menos cuando no te veo. Porque no me imagino ahora la vida sin ti. Porque tu mirada, tu sonrisa y tu ser me hacen soñar y olvidarme de todo lo malo que pueda pasar. Porque cuando me escribes se despiertan las mariposas de mi estómago. Porque los cuentos de Disney parecen bobadas comparados con lo que siento cuando estás cerca. Porque cuando me hablas me tiembla hasta el alma. Porque mi corazón se desboca y tengo miedo de que se me salga por la boca. Porque me sudan las manos cuando me rozas. Porque se me pone la piel de gallina cuando nos tocamos. Porque no me gusta pensar que he perdido el tiempo al no haberme fijado en ti antes. Porque tu olor me teletransporta a otro lugar. Porque el mundo es fantástico si estás alrededor. Porque contigo nunca se me olvida sonreír. Porque los pájaros cantan más alegres y las flores tienen colores más brillantes. Porque tus bromas y payasadas me parecen adorables. Porque sonrío con tus fotos. Porque el mundo se me cae encima si sé que no me quieres o que no me ves como yo te veo. Porque una palabra tuya basta para mantenerme en pie. Porque no importa lo mal que me vaya la vida, contigo los problemas son menos problemas. Porque el sonido de tu voz son como cantos del cielo, de ángeles, como sirenas llamando a los marineros en alta mar. Porque pierdo la razón, la noción del tiempo y hasta mi ser. Porque siento que es algo grande pero inmensurable. Porque las sonrisas que me provocas son las más imborrables. Porque el naranja del atardecer es más naranja cuando estás cerca, y el azul del mar es más azul cuando te hallas próximo. Porque contigo no se me olvida sonreír y ser feliz. Porque eres mi Chuck Bass, mi Daniel Grayson, mi Hache y hasta mi Troy Bolton. Porque quiero recuerdos contigo. Porque rellenas el vacío de mi alma. Porque curas mis cicatrices. Porque mi piel anhela el contacto con tu piel. Porque te tocaría, te observaría, te abrazaría, te acariciaría y te besaría. Porque con tu ayuda puedo seguir pintando el cielo en tonos rosas. Porque eres la pieza que me falta para no sentirme incompleta. Porque eres mi media naranja, limón y hasta melocotón. Porque el Sol brilla con más intensidad cuando puede iluminar tu rostro. Porque contigo no necesito tener mala memoria para ser feliz. Porque mis ojos brillan más cuando se reflejan en los tuyos. Porque por cada vez que te preocupas por mí, mi corazón se derrite un poco más por ti. Porque mis ojos son más bonitos cuando se reflejan en los tuyos. Porque puedo escribir sobre ti. Porque a ti te espero, te espero toda la vida si hace falta porque tú me haces falta. Porque parece una locura, pero será la locura más bonita que he cometido. Porque te odié, porque te quiero. 

Porque sin ti, nada me llena.