viernes, 7 de marzo de 2014

Aquella mañana fue cuando el café se volvió mi único amigo

Aquella mañana desperté deseosa de verte. Aquella mañana, como muchas otras mañanas, fuiste mi primer pensamiento al despertar, fuiste la primera persona en la que pensé, el primer nombre que tuve en mente. Fuiste mi pensamiento al echar la sábana a un lado, mientras un escalofrío recorría mi cuerpo por el contraste entre la calidez de la cama y el frío del exterior. ¿Por qué seguía haciendo tanto frío? ¿Cuántas mañanas quedaban hasta que, por fin, consiguiese la primavera entrar de nuevo en nuestras vidas? Deslicé mis pies descalzos por el frío suelo hasta el baño, donde me aseé sin conseguir quitar tu recuerdo de mi mente. No dejé de pensar en ti mientras me enjuagaba la cara y me limpiaba los restos de maquillaje de la noche anterior. Ni siquiera lo hice mientras me cepillaba el pelo que casi me llegaba por las caderas. Quise cortármelo varias veces, pero cada vez que pensaba en ello tú siempre me reñías y me decías que no, que no lo hiciera, que estaba más guapa así y que a ti te gustaba más. Incluso aquella mañana pensé de nuevo en acabar con mi melena, pero tú volviste a aparecer en mi mente riñendome y negándote a que la cortara. Tú siempre creías que no, pero nunca llegaste a saber lo que influías en mi persona.

Abandoné el baño, aún con una sonrisa en mi rostro provocada por tu recuerdo en mi mente. ¿Cuántas horas me quedaban para volver a verte? Demasiadas. Cualquier tiempo superior a un minuto era demasiado. Llegué a la cocina y comencé a preparar café, de la clase de las que a ti te gustaban, con leche y canela espolvoreada. Los primeros rayos de Sol entraban a través de las rendijas de la persiana de la cocina siendo la única claridad que se encontraba en ella. No quería encender la luz. No era de ésas. La luz era demasiado cegadora para una persona a la que le costaba despertarse del todo a pesar de llevar varios minutos fuera de la cama. Los rayos iluminaban parte del suelo y los platos sucios en el fregadero siendo el recuerdo de la noche de ayer. Dos platos, dos tenedores, dos cuchillos y dos copas. Incluso los objetos inertes me recordaban a ti. Recordé que tuvo que ser una buena velada, aunque el alcohol que tomamos la noche anterior me impidiese recordarlo todo. Un poco de café me ayudaría a recordarlo. Siempre lo hacía.


Me senté en la silla de la cocina en la que recordé que tú te sentaste la noche anterior, observando cómo terminaba de cocinar la cena. Me senté mirando el reloj de pared, aunque fue inútil ya que sin luz no conseguía ver la hora. Si lo pasamos tan bien, ¿cómo es que estaba despierta tan temprano? ¿Y por qué tu no dormiste aquí? Rodeé con ambas manos la taza con café hirviendo intentando entrar en calor. Pegué un sorbo al líquido con la esperanza de que el milagroso café me sirviera para recuperar la memoria de la noche anterior. Fue entonces cuando lo recordé. Un escalofrío me recorrió la columna vertebral y me dejó petrificada. Recordé por qué no habías dormido aquí. Y también por qué no me habías llamado para darme los buenos días. Recordé tus últimas palabras antes de irte de aquí, las mismas palabras que deseaba que nunca dirías. Recordé nuestra conversación cuando terminamos la cena, cuando descubrí por qué te habías pasado la noche en silencio y muy serio. "No te quiero. Lo siento." "¿Por qué dices eso? ¿Hay otra?" "Sí. Lo siento. No puedo seguir contigo." Desde entonces el café fue mi único amigo, por todas esas lágrimas que me enjugó esa mañana cuando recordé por qué acabé con toda la botella de vino yo sola, después de que tú te fueras sin dar más explicaciones.




Día tras día, noche tras noche, el café fue el único que me entendió. Así fue cómo me enamoré del café.

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