viernes, 31 de octubre de 2014

Cansada del ni contigo ni sin ti

Nunca quise enamorarme. Dios sabe que no quiero mezclar el amor en mi vida laboral, por decirlo de alguna manera. Pero me enamoré. Rompiste mis esquemas y yo acabé enamorándome. Primero fuiste tú, tan pendiente de mí. Nadie me había mirado antes como tú lo hacías, y nunca antes había provocado que los ojos de nadie brillaran de tal manera como lo hacían los tuyos al verme. Me querías. Yo lo sé. Y lo supe. Y tú también lo sabías. Y luego yo fui cayendo. Primero lentamente y luego de golpe, igual que Hazel se enamora de Gus en Bajo la misma estrella. Igual, de la misma manera. Y sin embargo lo negaba. ¿Sabes cuánto tiempo lo negué incluso aunque fuese evidente? Meses. Y no uno o dos, sino cinco. Cinco hasta la primera vez que lo reconocí. La siguiente vez fueron siete. Negué que te quería aún sabiendo en lo más profundo de mí que no podía negarlo por mucho tiempo. Porque, eso sí, no se lo digas a nadie, pero en el fondo siempre supe que me marcarías. Lo supe incluso cuando no nos hablábamos. Ya sabes que soy algo brujita, por llamarlo de alguna manera. ¿Qué te parece? No podía reconocer que tenía una conexión especial contigo cuando nuestro odio era mutuo. Y no podía reconocer que me gustabas después, cuando ya no nos despegábamos. Del amor al odio hay un paso. Y viceversa. Y vuelta hacia atrás otra vez. Y qué bonitos meses. No había un yo sin un tú y no había un tú sin un yo. Éramos nosotros incluso antes de que pudiésemos planteárnoslo. Y, llámame loca, enferma, obsesa o lo que quieras por mi afán por analizarlo todo, pero los detalles que tenías te descubrían. Quizá no te acuerdes, pero tus ojos siempre se desviaban hacia mí, tus pies siempre andaban más rápido si yo iba por delante o más despacio si querías que te alcanzara, tus manos siempre acababan cerca de las mías cuando estábamos cerca y tus pensamientos siempre acababan trayéndote hacia mi habitación, hacia mí. Me querías. ¿Me quieres ahora? No lo sé. Nunca supe ni sé con exactitud qué te pasa por la cabeza. Eres de los pocos que nunca espero, de los pocos que no consigo adivinar lo que quiere. Y yo sólo sé que me querías en aquellos tiempos, cuando todo parecía más fácil. 

¿Por qué cambiaron las cosas? Vete tú a saber. Lo que cambió en mí es que ya no negaba que te quería. No se lo negaba a mis amigas ni te lo llegué a negar a ti. Y lo más importante, no me lo negué a mí. Había empezado a reconocer que no podía vivir sin ti, que los meses de verano sin saber prácticamente nada de ti se me hicieron eternos. Y, como sé que me lees, no hace falta que te recuerde que, por primera vez en mi vida, me alegré de que acabara el verano. Qué cosas. El caso es que cuando acabó el verano me entregué a ti. Y al principio me correspondías. Y yo aposté por ti. Aposté por mí. Aposté por nosotros. Aposté por que compartiríamos más momento íntimos de los que al final acabamos compartiendo. Aposté porque tendrían que trabajar mucho los demás para quererse como nos querríamos nosotros. ¿Qué pasó? No lo sé. Después de que me entregara, un giro inesperado, por ponerle algo de humor en este texto tan gris, acabó separándote de mí. El orgullo se instaló entre nosotros. Y ahora, aunque nos encontremos a milímetros de distancia, aunque nuestras rodillas se rocen o nuestros codos estén pegados, la DISTANCIA nos separa. Con mayúsculas. Ya sí hay un yo sin un tú o un tú sin un yo. Ya sí. Y me duele. Me consume. Me desgarra. Y sin embargo me aguanto. Ya te dije una vez que cuando me encuentro en callejones sin salida me aparto, porque no quiero hacerme más daño del que hago quedándome, así que me aparto. Siempre lo he hecho, ya te lo dije, y no serás del primero del que me aleje. El problema ahora es que eres tú quien no me dejas alejarme. Yo nunca te he pedido explicaciones de por qué me quisiste y por qué ahora no. O de por qué decidiste que lo nuestro ya no te gustaba. O de si es que tu pasado ha vuelto para revolver tu vida y romper nuestra conexión. Nunca lo he hecho. Y lo que menos espero es que tú te creas con capacidad de poder juzgar mis nuevas elecciones. O de no apartarte de una vez cuando decido cambiar de camino. ¿Acaso lo hueles? ¿Adivinas cuándo decido alejarme de ti? ¿Por qué coño no me dejas buscar a alguien que sí se atreva a quererme, alguien que se beba los vientos por mí, que amanezca y anochezca conmigo, alguien que no crea en el miedo y que se trague el orgullo porque me quiere? ¿Por qué no me dejas vivir? Estoy cansada del ni contigo ni sin ti, de que ni me quieras ni me dejes ir. Y de que me estés haciendo daño.




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