miércoles, 3 de diciembre de 2014

Mientras tú no te atrevas a arrancar

De esto que me pongo a pensar y llego a la conclusión de que te quiero.

Hace más de un año que te conozco, más de 12 meses, de 365 días; pero no hace más de un año que nos llevamos bien. Habré recordado unas mil veces que me odiabas igual que yo a ti. Al menos al principio. Pero no me arrepiento. No me arrepiento de odiarte porque me encantan los giros que no me espero. Me encantan las sorpresas. Y me encanta quererte después de odiarte.


Recuerdo exactamente el día que decidiste hablarme. Porque fuiste tú, el primero de los dos, en romper el silencio; el primero de los dos que decidió cambiar de actitud. Ese día comenzaste a descoser mi vida, la misma que tanto me había costado que se mantuviera estable.


Recuerdo tus palabras y sonrío cuando lo hago. Recuerdo tu sonrisa y sonrío más aún. Recuerdo también que fue la primera vez que decidiste mirarme a los ojos sin maldad ni odio. Y yo sin tener ni idea, entonces, de que te llegaría a querer tanto. 


A veces te odio, aunque nunca como antes; otras te quiero. Y lo hago de una manera que no sabía que se pudiera y que, ni mucho menos, pensaba que lo llegaría a hacer por ti. Pero, sobre todo, no puedo estar sin ti. Que quiero que vengas y que no te vayas porque al minuto de irte ya empiezo a pensar en ti y a echarte de menos. Y qué putada pensar en ti. Sobre todo si tú no lo haces.


Recuerdo el día que tu nombre apareció en la pantalla de mi teléfono por primera vez. Y el día que reí por primera vez con una broma tuya. Recuerdo el día que te hiciste indispensable para mí. Y también el día que supe que me había enamorado de ti. Y el día en que me di cuenta de que ni el tiempo ni la distancia podían hacer que dejara de sentir cosas por ti.


Y, ¿sabes qué no recuerdo? No recuerdo haber sufrido nunca antes lo que sufro con la incertidumbre de si me quieres o no. Porque no lo sé. Aún no lo sé. Sólo sé que me pongo a recordar el día que empezaste a descoser mi vida cada vez que haces como que no me quieres. Y cuando recuerdo el brillo de tus ojos al mirarme comprendo que sí que lo haces, pero que quizá no tanto como yo a ti. Y aún así nunca me arrepiento de odiarte igual que tampoco de dejar de hacerlo.


Y, no sé. Me gusta escribir que te quiero mientras no me dejes decírtelo o mientras tú no te atrevas a arrancar.