jueves, 26 de noviembre de 2015

No quiero más engaños

No sé tú, pero no me gustaría saber que me quieres,
pero prefieres no hacerlo.
Que estás conmigo,
pero prefieres no estarlo.
Que piensas que lo nuestro es falso.
No sé tú.

No quiero despertarme y ver que lloras,

que no eres feliz.
No quiero que busques otras bocas,
que sigas otro matiz.
No quiero que estés conmigo por estar.
No quiero.

No me gustaría que no tuvieras huevos,

ni yo ovarios de no acabar
cuando vemos que estamos acabados.
No me gustaría seguir con pantomimas,
ni juegos de niños pequeños.
no me gustaría.

Quiero preguntarme todos los días;

cada segundo, cada hora del día
si estarás pensando en mí.
Y saber que sí.

Quiero que estés orgulloso de lo nuestro,

que lo que tenemos sea envidiado.
Quiero que no necesites huir,
que si lo hagas sea en mis brazos.

Quiero que me quieras y seas feliz.

Que yo lo haga, y también.
Quiero pensar que somos modelo a seguir,
aunque en realidad seamos un caos, ¿y qué?

Quiero que me hagas creer que no todo es falso,

que una relación de verdad es posible.
Que no es leyenda, que no son mitos,
porque yo ya estoy harta de engaños.





martes, 24 de noviembre de 2015

Me pregunto

Me pregunto si te acuerdas de mí.
Si puedes sobrevivir sin mi risa,
sin picarme.

Me pregunto si puedes seguir sin mí.

Si me echas en falta,
o el mirarme.

Me pregunto si piensas en mí.

Si notas mi ausencia,
mis reproches.

Me pregunto qué fue de ti.

Si decidiste pasar página,
u olvidarme.

Me pregunto a mí misma por ti.

Por cómo te va la vida,
sigo preguntándome.

Me pregunto mucho por ti.

Si alguna vez me quisiste,
o me engañaste.

Me pregunto si ha pasado mucho

desde que me marché,
porque yo no te extraño
y parece que fue ayer
cuando me rompiste,
me agrietaste.




jueves, 12 de noviembre de 2015

Desvariando, como de costumbre

23:58 de un miércoles, hora de cualquiera que sea el lugar desde el que escribo. Al día siguiente madrugaba para estudiar. Y luego clase. Yo qué sé, la vida sigue. Parece. En ese momento me di cuenta de algo que había estado frente a mí toda mi vida. 

Escribí entradas sobre mí, sobre lo cobarde que soy, sobre la baja autoestima y lo poco que uno se aprecia. Escribí sobre lo mucho que te quise, lo mucho que te habría querido si me hubieras dejado, lo roto y dolido que estaba mi corazón, lo poco correspondido que había sido siempre, el pobre. Escribí sobre mil cosas pero sin duda no sobre la más verdadera: yo.

Siempre me ha gustado noviembre. Y por eso tuvo que ser un miércoles de noviembre a las 23:58 para darme cuenta de que no estaba sola por mala suerte, como hasta ahora he creído. No era por haberme topado con chicos que no supieran querer. Ni siquiera era por mí. Bueno, sí, era por mí, pero no exactamente como creía. Los chicos no dejan de querer a las chicas por su físico, baja autoestima, malas deportistas o lo cobardes que son porque los chicos de hoy en día son los verdaderos cobardes. No nos quieren por querernos, por estar segura de nosotras mismas y por tener las cosas claras. No nos quieren porque ahora nosotras tenemos la oportunidad y el poder de mandarlos a paseo cuando nos plazca. Votamos. Conducimos. Trabajamos. Viajamos. Conocemos. Cuidamos. Limpiamos. Cocinamos. Tenemos voz y tenemos voto. No dependemos de nadie. No queremos gente que quiera a trompicones, sino que quiera todo seguido y sin pausas. No queremos a alguien que esté a ratos, sino que esté siempre. No queremos a alguien que nos deje a medias, sino completas. Y hay un problema, porque la fábrica de chicos ya no hace de esos modelos, ahora los hace inseguros. De los que tienen miedo que una mujer los supere en algo. De los que no se comprometen. De los que prefieren el "mañana ya no te conozco" al "mañana te llamo". De los que pretenden encerrarnos en jaulas de su propiedad. De los que ya no quedan. Y qué putada. Y más cuando no encajan conmigo. Y más porque no hay piezas suficientes para tanto rompecabezas que nos montamos. Yo la primera.

En realidad eso último es lo que más claro tengo. Y quizá por eso estoy sola, porque quiero seguir jugando a montar puzzles.



Mi madre dice que deje de pensar esas cosas. De escribirlas. Mi madre se empeña en que no todos son iguales o en que la culpable soy yo, por ser tan especial. Mamá, te quiero, pero déjame seguir con mi puzzle.

sábado, 7 de noviembre de 2015

Pidiendo perdón a mi propio corazón

Llevo tiempo queriendo escribirte desde la parte más sincera de mi corazón. Hola. ¿Qué tal te va? Sé que has pasado por mucho últimamente y que hay pocas cosas que te han alegrado como solía hacerlo él antes. Lo siento. Quería decirte que a mí me han enseñado a tratar las cosas lo mejor que pueda y a dejarlas tal y como yo las recogí. Contigo no pude. Contigo hice tantos pedazos que casi pareció que se había acabado para siempre. Te destrocé. Te despedacé. Te acribillé. Te machaqué. Y lo siento. Lo siento desde lo más profundo de mí. Siento no haberte tratado como te mereces, pero no venías con manual de instrucciones y yo no soy experta en estas cosas.

¿Me creerías si te digo que aún te quiero? Probablemente no. Probablemente me darías la patada abrazándote a ti mismo por todo el daño que te he causado. Intentarías mirar por ti antes que aceptar que nadie te llegue, que nadie te toque. Probablemente no seas el mismo, que lo entiendo, pero no sabes lo culpable que me haces sentir.

Hola. Quiero dejarte un mensaje subliminal diciéndote que te quiero, que vuelvas, que nada es lo mismo sin ti. Qué típico de mí, escribir en lugar de decírtelo en persona, pero soy más yo por escrito que por palabras dichas. Espero que lo entiendas. Vuelve, corazón. No pretendía romperte, no pretendía hacerte pasar por tantas situaciones dolorosas una y otra vez antes de darme cuenta de que quien tenía la culpa de que te hicieran daño no era él, sino yo misma. Acepta que intente quererte otra vez. Acepta que quiera ayudar a reconstruirte. Acepta que quiera formar parte de un nuevo y reformado corazón.


Déjame alejarte de todo aquél que quiera hacerte daño.