jueves, 12 de noviembre de 2015

Desvariando, como de costumbre

23:58 de un miércoles, hora de cualquiera que sea el lugar desde el que escribo. Al día siguiente madrugaba para estudiar. Y luego clase. Yo qué sé, la vida sigue. Parece. En ese momento me di cuenta de algo que había estado frente a mí toda mi vida. 

Escribí entradas sobre mí, sobre lo cobarde que soy, sobre la baja autoestima y lo poco que uno se aprecia. Escribí sobre lo mucho que te quise, lo mucho que te habría querido si me hubieras dejado, lo roto y dolido que estaba mi corazón, lo poco correspondido que había sido siempre, el pobre. Escribí sobre mil cosas pero sin duda no sobre la más verdadera: yo.

Siempre me ha gustado noviembre. Y por eso tuvo que ser un miércoles de noviembre a las 23:58 para darme cuenta de que no estaba sola por mala suerte, como hasta ahora he creído. No era por haberme topado con chicos que no supieran querer. Ni siquiera era por mí. Bueno, sí, era por mí, pero no exactamente como creía. Los chicos no dejan de querer a las chicas por su físico, baja autoestima, malas deportistas o lo cobardes que son porque los chicos de hoy en día son los verdaderos cobardes. No nos quieren por querernos, por estar segura de nosotras mismas y por tener las cosas claras. No nos quieren porque ahora nosotras tenemos la oportunidad y el poder de mandarlos a paseo cuando nos plazca. Votamos. Conducimos. Trabajamos. Viajamos. Conocemos. Cuidamos. Limpiamos. Cocinamos. Tenemos voz y tenemos voto. No dependemos de nadie. No queremos gente que quiera a trompicones, sino que quiera todo seguido y sin pausas. No queremos a alguien que esté a ratos, sino que esté siempre. No queremos a alguien que nos deje a medias, sino completas. Y hay un problema, porque la fábrica de chicos ya no hace de esos modelos, ahora los hace inseguros. De los que tienen miedo que una mujer los supere en algo. De los que no se comprometen. De los que prefieren el "mañana ya no te conozco" al "mañana te llamo". De los que pretenden encerrarnos en jaulas de su propiedad. De los que ya no quedan. Y qué putada. Y más cuando no encajan conmigo. Y más porque no hay piezas suficientes para tanto rompecabezas que nos montamos. Yo la primera.

En realidad eso último es lo que más claro tengo. Y quizá por eso estoy sola, porque quiero seguir jugando a montar puzzles.



Mi madre dice que deje de pensar esas cosas. De escribirlas. Mi madre se empeña en que no todos son iguales o en que la culpable soy yo, por ser tan especial. Mamá, te quiero, pero déjame seguir con mi puzzle.

1 comentario:

  1. 'No queremos gente que quiera a trompicones, sino que quiera todo seguido y sin pausas. No queremos a alguien que esté a ratos, sino que esté siempre. No queremos a alguien que nos deje a medias, sino completas' Más razón que un santo, Paola.

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