martes, 29 de noviembre de 2016

Jugaste a ser humano

Recuerdo ser para ti nada más que un chiste.
Jugaste a ser humano, a hacer como que me quisiste.
Supongamos que te echo de menos como al que más.
Caigamos en la cuenta de que yo te quise más.

Recuerdo el sentimiento que creaste en mí.
Jugaste a ser humano, a hacer como que confiabas en mí.
Supongamos que me acuerdo de ti, de nosotros.
Caigamos en la cuenta de que nunca hubo un "nosotros".

Recuerdo el cosquilleo de mi estómago al verte.
Jugaste a ser humano, a hacer como que no sabías verme.
Supongamos que quiero volver a verte.
Caigamos en la cuenta de que a tu lado no quiero verme.

Recuerdo creerte el amor de mi vida.
Jugaste a ser humano, a hacer como que fui parte de tu vida.
Supongamos que no me dolió saber la verdad.
Caigamos en la cuenta de que nunca hubo una única verdad.


viernes, 30 de septiembre de 2016

Te he visto como a una película

He cerrado los ojos y te he visto. Te he visto abrazándome. Te he visto haciéndome cosquillas sin piedad, dándome charla en clase para que me llamen la atención. Te he visto mirándome de reojo para asegurarte de que me reía, de que me había hecho gracia tu broma. Te he visto sonreírme, peinar la zona para saber dónde estaba. Te he visto perseguirme, alcanzarme cuando ando más rápido que tú, ralentizar el paso cuando voy más lento que tú. Te he visto interesarte por mi vida, llamarme "diamante en bruto", preguntarme quién me gustaba. Te he visto dudar de mis sentimientos, obligarme a invitarte a una copa, verme llegar a través de la ventana. Te he visto llamarme, y mi sonrisa al saber que si suena el teléfono eres tú. Te he visto contar conmigo. Y volver a contar. Y otra vez más. Te he visto rozarme. Te he visto acariciarme. Te he visto verme. Mirarme. Observarme. Me he visto a través de tus ojos. Me he visto enamorarme.

He abierto los ojos y no estabas. He recordado que te fuiste, que te reíste de mí. Entonces me he visto a mí, rota y vuelta a componer, como si nunca te hubiese visto. Ni cerca ni lejos. Como un espejismo. ¿Lo fuiste? No sé.

Me he llevado las manos a los ojos y me he obligado a cerrarlos, intentando verte otra vez, pero sólo veo oscuridad. Es verdad que te has ido.

No sé cuántos años pasan hasta que me permito ver de nuevo. Ver la realidad en la que no estás. Ver el final de la película de amor que pensaba estar viviendo. 

Y me sorprendo viéndote.

Te veo. Te veo mayor. Te veo mejorado. Te veo cambiado. Te veo madurado. Te veo. Nos veo.

Nos veo y sonrío. ¿Lo recuerdas? Lo mucho que te quise. Lo importante que fuiste. Y eres. En el fondo. 

También nos ven. Los demás. Los míos, los tuyos. Los segundos ríen. Se ríen. ¿De nosotros? De mí. Los primeros están alerta por si empiezo a llorar, por si te golpeo, por si te sigo queriendo, por si te odio. Los míos. Mis protectores. 

Ya no te odio. Ya no espero que hagas más de lo que hiciste. Ya no espero que seas quien me componga. Ya no. Ya no quiero cerrar los ojos y esperar que te vayas. Ya no dueles. Ya no. 

miércoles, 3 de agosto de 2016

Vez número 2504 que no sé decir algo pero sí escribirlo

Todos los hombres son iguales, decimos. Pero me atrevo a lanzar una pregunta más atrevida: ¿no será que todas las chicas buscamos lo mismo? Ellos sólo se dedican a adaptarse a lo que buscamos porque, al igual que nosotras, ellos tampoco quieren estar solos. O acabar solos. 

El chico debe ser divertido, que nos haga reír, por supuesto. Debe saber vestir bien y debe ser cariñoso. Debe querernos, importante; y debe ser de ésos que no cambian de personalidad cuando están con nosotras o cuando están con sus amigos. Todas pedimos lo mismo, el resto que cambian son matices: algunas piden que les cocine, otras que sepa bailar, otras que sea guapo, moreno, rubio, alto, bajo, corpulento y mil cosas. Pero lo esencial está ahí, todas pedimos lo mismo. Y lo más importante no lo pedimos: que nos haga sentir especiales.

El problema está que nos conformamos con aquellos que cumplen las primeras características sin importarnos si somos especiales o no, pero oye, si el chico es divertido y nos hace reír, ¿por qué no va a hacer reír de igual manera a sus amigos? Si no cambian de personalidad, ¿cómo sabemos que nosotras somos las especiales? Si es cariñoso, ¿no debe serlo con nosotras? Y no estoy siendo posesiva sino real. ¿Es mucho pedir querer sentirme especial? ¿Querer no dudar?

Sí, sé que hablo mucho de pedir y poco de dar, pero ahí está la cuestión: algunas sí lo damos. O, en mi caso, lo doy. 

Estamos conformándonos con lo que creemos que merecemos. A mí, por ejemplo, me pasa algo así contigo. Yo no quiero ser tu amiga. No quiero ser tu chica. No quiero ser tu novia. Quiero ser tu "alguien especial". Quiero ser esa persona en la que piensas cuando estás mal, en la que piensas cuando estás aburrido, en la que piensas cuando quieres divertirte y aquella de la que no te olvidas aunque estés con otra gente. Quiero que me quieras de verdad, no a tu manera. Quiero no dudar de lo que me quieres porque si dudo te pongo en prueba y eso no está bien. O eso no es lo que me hacen creer que está bien. Yo ya no sé lo que está bien y lo que está mal porque tú me haces creer que me quieres cuando no es así, y eso no está bien. En cambio tampoco me dices que no me quieres mientras sabes que me lías, y eso tampoco está bien. 

Por eso no te puedo querer, no por ser igual que todos, sino por no hacerme sentir diferente a todas, que es lo que de verdad importa.

Mamá, de mayor quiero un chico que me haga sentir especial, lo demás es eso: demás.



sábado, 4 de junio de 2016

Mi muñeca rota

Encontré una muñeca rota
en una esquina abandonada.
Tenía la mirada triste,
el vestido hecho un desastre,
hecho de telas rotas y retales.
De trozos. Pedazos. Piezas.
De alma rota. Vacía. Incompleta.
Abandonada. Vieja. Perdida. 
De ojos sin brillo, mirada torcida.
Infeliz. Sin valor. Sin esperanza. 
No la mantienen sus piernas.
Ella, con miedo, tiembla.
Una muñeca que un milagro
es lo que necesitaba.
Estoy del todo segura.
Un milagro de los que arreglan.
Unen. Completan. Cosen.
Un costurero, tal vez.
"¿Hay de esos?" Ella se pregunta.
"¿Tú lo eres?" Me pregunta.
No sé qué responder.
Mi respuesta: "No sé coser". 
Miento. Me escapo. Es mi salida.
No soy lo que necesita.
No soy su salvadora, 
            su milagrosa.
"Necesitas a alguien que te quiera 
               tanto que te sane entera."
Ahora sí, es mi respuesta.
Le sonrío. A la vez, 
                me sonríe. 
No es una muñeca más,
es un reflejo de mi realidad.


miércoles, 11 de mayo de 2016

"¿Por qué no te gusta la lluvia?"

Me pregunto qué tiene la lluvia que a todos los que escriben inspira a escribir.

Lluvia. Invierno. Frío. Ausencia. Oscuridad. Tristeza. Tú.


Pero a mí no me gusta. No me gusta la lluvia porque no me quieres. No me gusta acurrucarme como un gusano de seda bajo el montón de mantas que he colocado en la cama porque hace frío, aunque estemos a 11 de Mayo y pasado mañana haga 30 grados. No me gusta olvidarme del reloj, hacer como que las horas no pasan y que estoy en un momento atemporal, que sólo el caer de las gotas de lluvia a través de la ventana me recuerde que no han pulsado un botón de pausa, que la vida sigue y que no se trata de un descanso para nuestras vidas ajetreadas.

No me gusta porque me hace débil, sensible, frágil. No me gusta porque la lluvia parece siempre acabar con el muro que me he construido yo sola para que nadie vea que soy uno de esos jarrones rotos mil veces y vuelto a pegar, de los que tienen tantas grietas que es imposible imaginártelos completos, como estaban originariamente. Mi muro con la lluvia se deshace. Se consume. Se cae. Queda destrozado. Despedazado. Deshecho. Deteriorado. Destruido. Derrotado. Y cuando el muro cae, lloro. Lloro queriendo que me quieran, dejándome querer, dejándome mimar, dejándome abrazar y consolar hasta la saciedad de mis lacrimales. Hasta que ya no me queden lágrimas por derramar de esas de las que se camuflan con la misma lluvia.

El problema es que no me quieres, que no eres el paraguas que necesito. El problema es que los días de lluvia sólo recibo de ti tu ausencia, la misma que tengo que cubrir con kilos y kilos de chocolate mientras espero que deje de llover fuera y pueda reconstruir mi muro particular, una vez más.

Ahora vuélveme a preguntar por qué no me gusta la lluvia aunque me permita escribir mejor.


martes, 5 de abril de 2016

La crónica de lo que voy a hacer un día de estos

Un día de estos voy a decirte que te quiero y no vas a saber qué hacer.
Un día de estos te diré todo lo que llevo guardándome, todo lo que te estoy queriendo y todo lo que te he querido. Todo lo que siento y todo lo que padezco. Todo lo que me haces sentir.
Un día de estos te voy a decir que no puedo mirarte sin desear que me des un abrazo, que no puedo observarte hacer el tonto y no reírme no porque tenga risa fácil, sino porque estoy enamorada de ti. Un día de estos voy a decirte que te quiero y no vas a saber qué hacer.
"No podemos ser amigos", empezaré diciendo, porque no podemos. Uno no le pide peras al olmo ni aprobados a un 4,5 porque son cosas que no van a pasar. Si hay cosas imposibles, eso es otra de ellas. 
"Ha sido un placer ser tu amiga, pero es hora de continuar", seguiré intentando no llorar, porque será difícil no hacerlo. No sabes la de veces que me has hecho llorar pero lo has hecho, y la última vez fue porque no me salía ser tu amiga. Porque me dolía serlo sabiendo que quería algo más, sabiendo que tú no buscabas nada más.
"O somos para siempre o arderemos en las llamas" citaré a Taylor Swift sabiendo que probablemente compartiré sus sentimientos en cuanto a no sentirse querida se refiere. Te quiero. Te quiero como no he querido nunca. Te quiero como si te fuera a perder mañana, como si tú no me quisieras y aceptaras perderme para siempre con tal de no aguantar que te quieren y tú no puedes corresponderle.
"Sé que no puedo vivir sin ti, que tenemos un pacto implícito por el que por mucho que nos peleemos, nos distanciemos o nos separemos, siempre acabaremos reencontrándonos. Que parece que entre nosotros existe la leyenda del hilo rojo de que por mucho que nos separemos, el hilo nunca se rompe, sino que se tensa. Pero lo parece, igual que nosotros parecemos. En realidad tu hilo no está conectado al mío, sino me querrías, y por eso no es posible que sigamos siendo amigos", me enrollaré contando historias de las que a mí me gustan para perder mi propio hilo y sentir que me he perdido de verdad, porque no quiero encontrarme, porque enfrentarme a mi realidad significaría enfrentarme al fantasma de que no me quieres, y no puedo vivir más con él.
"Se acabó esperar que me quieres cuando sé claramente que nunca vas a hacerlo", finalizaré, conociéndote y sabiendo de antemano lo que vas a responderme. "Ojalá te hubieses enamorado de mí", añadiré, al final, pensando en voz alta y deseando que por una maldita vez los sentimientos sean recíprocos, que deje de jugar un corazón en cada partida de dos en la que participo, deseando no tener que marcharme mientras lo hago.


jueves, 24 de marzo de 2016

Ser. Estar. Parecer

Ser. Estar. Parecer.
La delgada línea que separa lo que somos de lo que parecemos. Lo que la gente cree que somos de lo que nosotros sabemos que somos. La diferencia entre estar y no estar. Y nosotros no estamos, a mi pesar.
El inmenso margen entre quererte y querer té. La poca diferencia entre encariñarse y tener cariño. Yo no sé tú, pero te considero la piedra con la que siempre tropiezo y no hay peor cosa que tropezar dos veces con la misma piedra y encima enamorarse de ella. Quien dice dos dice tres. Quien dice tres dice que he perdido la cuenta de las veces que te he escrito.
No estoy enamorada, tranquilo. Sólo te quiero. Un poco. Apenas algo. Te quiero con todo lo que me cabe en el corazón pero sin ser demasiado. Sin sufrir, dato importante.
Te quiero como si nunca me fueras a corresponder y te pienso tanto como si sí lo fueras a hacer. Qué manía, oye, la que tiene el corazón de sentir(te) tanto.
¿Qué somos? Pregunto sin preguntar. Pregunto sin abrir la boca. Sólo pienso. Pienso que no somos, que sólo parecemos. Pienso que quiero estar porque sé que aún no estamos. Pienso que pierdo el tiempo porque quererte en la sombra es un tormento.
Parece que somos. Parece que me necesitas. Parece que quiero que me necesites. Parece que sientes por mí. Parece que somos pareja. Parece que estás celoso. Parece que eres mío. Parece que soy tuya. Parece que estamos, y al final ni somos ni estamos, sino parecemos.
Soy de las que siempre estoy odiando parecer cosas, pero me encanta parecer que somos, aunque ni estemos.


miércoles, 13 de enero de 2016

Sobre Venecia y los puentes

Invierno. Enero. Frío. Llueve por dentro y por fuera. Pero llueve. Cantidad. Y mi corazón es como Venecia sin puentes. No hay ingeniero capaz de diseñar un puente que pueda atravesarme por completo. Ni gondolero capaz de cantar mientras rema por mis canales. Y no sé si es pena o me da igual estar tan inundada. Supongo que me da igual, porque tampoco me esfuerzo en buscar ingenieros. También es porque estoy cansada de que ninguno esté lo suficientemente capacitado como para crear puentes que atraviesen, que junten, que unan. Y no es ser exigente, que también, sino inconformista. No quiero puentes de madera inestables o puentes temporales. Quiero puentes de los de antes. Como el Puente de Rialto que atraviesa el Gran Canal. Cinco siglos y aún sigue en pie. Algo así. Y no hay. Perdonadme pero no hay. No es que haya buscado pero sé que no hay, por eso me ahorro tiempo y no busco. Seguiré inundada pero con tiempo. Y ya encontraré otras maneras de no seguir inundada como Venecia, ni en ruinas como Roma, ni abandonada como Troya. O inexistente. Ya encontraré maneras de atravesar los canales, ya sea a nado porque en el fondo siempre me gustó nadar. Nadar como sinónimo de vivir. Vivir por mucho que llueva y se me empapen las botas porque la calle está anegada.


viernes, 8 de enero de 2016

El problema del besar sin sentir

La publicación de hoy es un poco distinta a las demás. No hablaré de amores, aunque casi. Ni hablaré de algo que anhelo, aunque casi también. Hablaré de besar sin sentir. Y de sentir y no besar. De besos vacíos y de sentirme vacía sin besos.
El otro día me besaron. Quien dice el otro día dice hace más de una semana. Quien dice que me besaron dice que fue un solo lío. Y vaya lío el que ha montado. No en general pero sí en mí. Podría decir que era la primera vez que lo hacían pero no. Tampoco la primera vez que lo pensaba pero sí la primera vez que a la mañana siguiente me levantaba con esa sensación de vacía, de sucia que nunca había experimentado. No era yo quien besaba sino mi fantasma. ¿Y para qué sirve besar si no lo sientes? La definición de beso que todos tenemos idealizados no es la que yo sentí en ese momento, sino tan solo un intercambio de fluidos entre dos personas que llevadas por el alcohol acaban besándose. Ni siquiera me acordé al día siguiente de cómo se lo pasó él porque no me importó. Y vaya faena. Aunque faena ninguna, porque a él tampoco parecí importarle yo. La experiencia es buena en todos los sentidos, tanto el bueno como el malo; pero, ¿para qué mierda me besaron? O, mejor dicho, ¿para qué mierda besé yo? Juro que la ausencia de ganas en el sentir me da, a veces, hasta risa. 

Siempre he sido defensora del sentir y luego actuar y del no actuar si no sientes. Nunca me han gustado los que dicen te quiero por decirlo y ahora tampoco los besos vacíos. Y me han llamado loca, no sé. Hice lo que todos hubieran hecho. Lo que cualquiera menos yo querría hacer. Y no estoy arrepentida, sino decepcionada. Quizá es cierto que soy una de esas del ejército del neoromanticismo que espera y se esmera en que el caballerismo vuelva a nuestros días. O quizá soy simplemente antigua, no lo sé. Por ahora seguiré esperando al valiente caballero que defienda lo mismo que yo, que sienta tan profundo que parezca que se rompa por dentro, de los del caballo blanco pero sin caballo. O que su caballo sea una moto negra. Y si no es caballero me da igual, pero que sea la mejor constante de mi vida.