miércoles, 13 de enero de 2016

Sobre Venecia y los puentes

Invierno. Enero. Frío. Llueve por dentro y por fuera. Pero llueve. Cantidad. Y mi corazón es como Venecia sin puentes. No hay ingeniero capaz de diseñar un puente que pueda atravesarme por completo. Ni gondolero capaz de cantar mientras rema por mis canales. Y no sé si es pena o me da igual estar tan inundada. Supongo que me da igual, porque tampoco me esfuerzo en buscar ingenieros. También es porque estoy cansada de que ninguno esté lo suficientemente capacitado como para crear puentes que atraviesen, que junten, que unan. Y no es ser exigente, que también, sino inconformista. No quiero puentes de madera inestables o puentes temporales. Quiero puentes de los de antes. Como el Puente de Rialto que atraviesa el Gran Canal. Cinco siglos y aún sigue en pie. Algo así. Y no hay. Perdonadme pero no hay. No es que haya buscado pero sé que no hay, por eso me ahorro tiempo y no busco. Seguiré inundada pero con tiempo. Y ya encontraré otras maneras de no seguir inundada como Venecia, ni en ruinas como Roma, ni abandonada como Troya. O inexistente. Ya encontraré maneras de atravesar los canales, ya sea a nado porque en el fondo siempre me gustó nadar. Nadar como sinónimo de vivir. Vivir por mucho que llueva y se me empapen las botas porque la calle está anegada.


viernes, 8 de enero de 2016

El problema del besar sin sentir

La publicación de hoy es un poco distinta a las demás. No hablaré de amores, aunque casi. Ni hablaré de algo que anhelo, aunque casi también. Hablaré de besar sin sentir. Y de sentir y no besar. De besos vacíos y de sentirme vacía sin besos.
El otro día me besaron. Quien dice el otro día dice hace más de una semana. Quien dice que me besaron dice que fue un solo lío. Y vaya lío el que ha montado. No en general pero sí en mí. Podría decir que era la primera vez que lo hacían pero no. Tampoco la primera vez que lo pensaba pero sí la primera vez que a la mañana siguiente me levantaba con esa sensación de vacía, de sucia que nunca había experimentado. No era yo quien besaba sino mi fantasma. ¿Y para qué sirve besar si no lo sientes? La definición de beso que todos tenemos idealizados no es la que yo sentí en ese momento, sino tan solo un intercambio de fluidos entre dos personas que llevadas por el alcohol acaban besándose. Ni siquiera me acordé al día siguiente de cómo se lo pasó él porque no me importó. Y vaya faena. Aunque faena ninguna, porque a él tampoco parecí importarle yo. La experiencia es buena en todos los sentidos, tanto el bueno como el malo; pero, ¿para qué mierda me besaron? O, mejor dicho, ¿para qué mierda besé yo? Juro que la ausencia de ganas en el sentir me da, a veces, hasta risa. 

Siempre he sido defensora del sentir y luego actuar y del no actuar si no sientes. Nunca me han gustado los que dicen te quiero por decirlo y ahora tampoco los besos vacíos. Y me han llamado loca, no sé. Hice lo que todos hubieran hecho. Lo que cualquiera menos yo querría hacer. Y no estoy arrepentida, sino decepcionada. Quizá es cierto que soy una de esas del ejército del neoromanticismo que espera y se esmera en que el caballerismo vuelva a nuestros días. O quizá soy simplemente antigua, no lo sé. Por ahora seguiré esperando al valiente caballero que defienda lo mismo que yo, que sienta tan profundo que parezca que se rompa por dentro, de los del caballo blanco pero sin caballo. O que su caballo sea una moto negra. Y si no es caballero me da igual, pero que sea la mejor constante de mi vida.