jueves, 19 de octubre de 2017

Me siento perdida

Querida yo, 

Tengo que pedirte perdón pero no sé qué te pasa. Nos pasa. Salir de fiesta no me gusta tanto, no disfruto emborrachándome ni perdiendo la cordura en mitad de una noche, en mitad de una discoteca, para no recordar nada más que gritos y algún que otro llanto a la mañana siguiente. No aguanto los tacones y maquillarme a veces parece una tortura. Tampoco salgo a pasear ni me levanto cada día con el sentimiento de qué pasará. No espero con ansias la nieve ni busco en los charcos el reflejo de algo que no veo a simple vista en un día soleado. No disfruto del verano alargado en un otoño europeo. Ni tampoco de un invierno anticipado. No observo la caída de las hojas de distintos colores anaranjados porque ya no me interesan. No me alegra tanto ver el sol, después de tantos días de nubes grises. No miro el reloj cada hora, deseando llamar a quien quiero para contarle lo que he hecho en el día. No me gusta la rutina, querido diario, pero eso tampoco es sorpresa. A veces no consigo conciliar el sueño y me paso las noches acordándome de gente que ojalá nunca hubiese conocido. Otra veces me duermo demasiado temprano, aburrida de lo que nunca pasa. No tengo una cuenta atrás, y si la tengo son de tantos días que hasta me canso de contar, aunque sea hacia atrás. No disfruto de la música, no cierro los ojos sintiendo el carnaval cuando voy por la calle con el volumen retumbándome los oídos. No canto cuando la gente no me ve las canciones indie que tan de moda se han puesto. No leo, querido diario, apenas escribo. No tengo ese picor en los pies que siempre llega cuando un viaje se acerca. No sonrío por la calle cuando algo me gusta. Me siento incompleta, vacía y no sé cómo arreglarlo. Me dejo llevar por la corriente y a veces vivo por inercia. Tengo ganas de llorar pero tampoco me sale. ¿Apática? Puede ser. Pero decirlo en voz alta puede que me lo relacionen con el período. "Mujeres", dirían. ¿Qué hago? Me siento perdida en mí misma. ¿Es esto lo que pasa cuando superas a alguien? Espero.

Lo siento, querido diario, todo el tiempo y a todas horas. Siento no poder quererme como me merezco cuando más lo necesito.

sábado, 14 de octubre de 2017

Mi corazón (todavía) lo busca

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 

Escribir, por ejemplo: "La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos". 

El viento de la noche gira en el cielo y canta. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso. 

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos. 
La besé tantas veces bajo el cielo infinito. 

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos. 

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido. 

Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella.
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo. 

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Como para acercarla mi mirada la busca.
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo. 

La misma noche que hace blanquear los mismos 
 árboles. 
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído. 

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos. 

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. 
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido. 

Porque en noches como ésta la tuve entre mis 
brazos, 
mi alma no se contenta con haberla perdido. 

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

P. Neruda


lunes, 9 de octubre de 2017

¿Qué pienso?

Pienso en ti. Pienso en ti cada día. Pienso que debo superarte y me felicito cuando han pasado unas horas sin que me acuerde de ti, pero inevitablemente vuelvo a hacerlo, porque al final es un despropósito. Pienso que te echo de menos. Cada día. Que echo de menos tus sonrisas, tus miradas a través de la multitud y tus confidencias. Echo de menos cómo me abrazabas. Y tu olor. Y tus mensajes. Y tu necesidad de tener contacto físico. Todo el rato. Y de ser imantado. Y yo la niña imantada. Y el tacto de tus estúpidas camisas extravagantes que tanto te gusta coleccionar. 

También pienso que no me mereces. Y sin embargo no puedo evitar esperarte. Aún. Pienso que creo que viajar me está sanando el corazón, pero no. Cuando creo que te he superado vuelvo a pensar en ti. Y eso es como volver al punto inicial. Pienso que merezco un poco de atención, que merezco que supliques que lo entienda, que te entienda, que lo supere, porque pedirte que me pidas perdón es demasiado. Pienso en ti. Cada día. Y pienso mucho. Sobre todo pienso que quiero no quererte, que quiero deshacerme de todo resto de ti que quede en mi cuerpo, en mi mente. Pienso que aunque no te mencione en primer lugar, siempre lo hago en segundo o tercero y eso sigue siendo un problema. El mismo. Un caos inexorable del que no puedo huir. Lo mismo que te pasó a ti conmigo.

Te lo dije, ¿recuerdas? "No puedes quererme, soy difícil de querer. Por favor, no lo hagas". Y "no dejo a la gente acercarse demasiado porque no quiero tener que superar a nadie más". Que no es que no quiera, es que no puedo. Es que el corazón es lo bastante débil como para superar más de una historia a la vez. Ni a la vez ni consecutiva. Es que. No. Puede. Y te lo dije.


viernes, 29 de septiembre de 2017

Te quiero por y para siempre

Voy a escribir la carta de adiós más triste de mi vida. No se trata de una historia de desamor, sino de adiós de verdad. Para siempre. Para ti. Te quiero, abuela. 

Querida abuela: 

No sé ni por dónde empezar. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, y, créeme, lo sabía. Y lo sé, si me apuras. Gracias por quererme incluso desde antes de que pudiera abrir los ojos y diferenciar los colores, antes de que eligiera el mismo color que tú para que sea mi favorito. Mi morado. Que no lila ni malva. Morado. Morado como la túnica de tu Gran Poder. Gran poder como el tuyo, que has luchado hasta el final. Gracias por esa lección, por demostrar que eres la mujer más fuerte que he conocido en mi vida. Gracias por tus abrazos, mis favoritos por y para siempre. Y perdóname si me he pasado la vida buscando algún abrazo que me sane, perdóname por no haber recordado que la única que de verdad sana eres tú. Y ojalá estés aquí ahora, porque el corazón me duele más que nunca y no sé ni cómo evitarlo. Perdóname si he buscado manos que acaricien mi piel de una manera que siempre lo has hecho tú. Perdóname si me esfuerzo en aprender a cocinar, en intentar copiar tus platos aún sabiendo que no hay manera de que pueda imitarte a ti, mi chef favorita. Perdóname por ser egoísta, por no acordarme de ti siempre y por sólo llamar cuando tengo tiempo. Perdóname, porque para ti debería haber tenido tiempo siempre, para alguien que me hizo las mejores fiestas cuando me veía, alguien que no se cansaba de escucharme hablar ni de verme reír, alguien que adoraba todo lo que brillara, fuera de color morado o tuviera miles de flores, como yo; de las pocas personas con las que adoraba los silencios porque jamás eran incómodos, alguien que cantaba pero no muy alto para que no la oyesen, alguien por la que siempre estaré orgullosa de ser de esas viejóvenes que adora ver Juan Y Medio, alguien tan enamorada de Sevilla como yo, con la que podías pasar horas hablando de cómo te perdías por el Barrio de Santa Cruz para ir a San Bernardo o de cuando le abofeteaste la cara a un guardia en los Jardines de Murillo porque te tiró del pelo. Ligaba contigo, abuela, pero creo que lo sabías. Y por eso es mi historia favorita, porque sé que soy como tú. Gracias, por el temperamento heredado también. Gracias por tus roscos, Navidad tras Navidad, siempre dejándome ser la envidia de los demás en el colegio, porque nadie ha probado dulce tan bueno como los tuyos. Te quiero abuela, tan independiente, tan segura de que no necesita a nadie, tan insegura a la vez, tan presumida cuando quería, tan cariñosa y tan gruñona a la vez, tan picona, tan temperamental, tan tú. Te quiero, por y para siempre. 

Hoy hace un día precioso en Varsovia, como los que a ti te gustan, abuela, el cielo está más despejado que nunca y aún habiéndote ido cuando yo estaba a miles de kilómetros de ti, siento que estás más cerca que nunca, y que nunca nunca me vas a dejar. 

Te quiero, miarma, misojos, te quiero desde aquí para toda la eternidad. Descansa en paz, mi viejita.

sábado, 16 de septiembre de 2017

He soñado con el destino, la niña imantada, el caos y tú

He tenido un sueño. Era casi real, solo que no. Conocía a una persona, todo fruto del destino o de las causalidades (no casualidades). En otro momento ninguno hubiera ido al lugar donde nos conocimos, y sin embargo lo hicimos. Yo creo en el destino y quiero creer que fue provocado. 

Al principio ni siquiera llamó mi atención. "Yo no vengo a hacer amigos", decía. "Yo tampoco", pensaba yo, que contaba con la experiencia de otros años y, lo digo en serio, de verdad no se hacen amigos. Conocidos sí, amigos temporales también, amigos no. Pero él me hizo gracia. Hubo conexión inmediata, y él lo supo. No he conocido a nadie tan igual pero a la vez tan diferente a mí. Amaba la cultura con tanta intensidad como yo. Y encima se dedicaba a ella, mi pasión. Me sentía inferior a su lado, tan culto, con tanta experiencia, con vida. Pero sabía que tomaríamos pronto caminos diferentes, así que tampoco hice por esforzarme en llamar su atención ni hacer un acercamiento extra. No lo hice, pero surgió. Creí sentirme imantada. Nos buscábamos, todo el rato. Fue capaz de cambiarse de asiento cuando yo llegaba porque le gustaba escucharme. Me escribió, incluso, para dejarme claro que yo le hacía gracia, que le parecía simpática. Creo que eso fue el principio del fin. El principio del caos. 

Los días pasaban y me veía casi incapaz de alejarme. Imantada, como ya digo. Muchas veces no me importaban ni los demás, porque a mí lo que me gustaba era estar con él. Me trasmitía seguridad, algo que nadie consigue, pero eso él no lo sabía. Ni lo sabe, si me apuras. Tengo falta de confianza y no creo en las promesas vacías. Las veo venir, la mayoría de las veces. Y ando con pies de plomo con cualquier tipo de relación, menos con esta. 

Un día me dijo que era muy especial, que le gustaba. No me lo creí. Al menos al principio no. Le dije que prefería no gustarle, que fuéramos amigos, pero eso era porque tenía miedo. Tenía y tengo miedo. No conozco a nadie que sepa quererme de verdad, y él no iba a ser menos. A pesar de eso no se alejó, me dijo que me echaría de menos cuando nos alejáramos. Me llamó cuando lo hicimos. Me entendió cuando le dediqué un escrito y me correspondió el sentimiento tan fuerte que estaba creciendo. Me repitió mil veces que era especial hasta que consiguió que me lo creyese. Me dijo por escrito que me quería y se me formó la sonrisa más boba que he puesto jamás. A mi lado, una amiga. Ella me advirtió de que ya me estaba viendo en el fondo del boquete. Lo negué. En su lugar seguí hablando con él. Día sí. Día también. A veces llamadas. A veces escritos. A veces visitas. A veces abrazos. A veces me dejaba una huella tan intensa que cuando nos despedíamos tenía que sentarme para bajarme a mí misma de las nubes. Puro caos, y no supe verlo venir. 

Una mañana me desperté, decidí colocarme una venda en los ojos (y el corazón) y hacer caso omiso a la voz de advertencia que me gritaba en el oído, que me decía que si tenía miedo era por algo, que aprendiera de la experiencia, que no me quitara la armadura que tenía por segunda piel. La ignoré. Y con venda y sin ver, noté que se iba alejando más y más de mí. Ya no extendía el brazo y lo tocaba, sino que tenía que ir a tientas en la oscuridad para tenerlo cerca. A veces funcionaba, pero la mayoría no. Llegaron hasta los monólogos. De mi parte, digo. Hubo mensajes que no contestó, llamadas que decidió ignorar e intentos de acercamiento por mi parte que, bueno, decidió no corresponder. 

Ninguna explicación lógica le siguió, y a pesar de eso decidí tirarme a la piscina y abrirle mi corazón, por primera vez en mi vida, pero resultó que la piscina estaba vacía y mi corazón él ya no lo quería. "Tengo mis traumas", me dijo. "No puedo enamorarme". "No puedo darte lo que pides". Todas esas palabras me dedicó. Yo no me las creía. ¿Nunca me quiso? ¿Nunca sintió nada? ¿Nunca creyó en que conocernos era fruto del destino? ¿En que me estaba tragando a mis demonios y mis miedos para declararme por primera vez? ¿En que yo también tenía mis traumas y había decidido dejarlos atrás? ¿En que podía hacerme daño? ¿En que me había convertido en la niña imantada? ¿En que lo quería de verdad? 

No me respondió las preguntas. Una vez pidió perdón, pero no recuerdo hacerle caso. No pudo decirlo en serio. No pudo rechazarme de esa manera y quedarse con el recuerdo de un verano mucho mejor del que tuvo conmigo. De unas amistades que fueron mucho más especiales que yo. De unos vínculos más inquebrantables que mis estúpidos sentimientos, que una estúpida yo. No pudo pero lo hizo. 

He tenido un sueño que era justo así. Era casi real, solo que sin el casi, porque era real. He vuelto a releer las conversaciones intentando entender cuándo fue que me equivoqué, cuándo lo alejé, cuándo lo asusté. Intentando ver la razón de su huída y de sus amagos desesperados por apartarme antes de que mi corazón roto lo salpique lo más mínimo. Hoy han vuelto los fantasmas porque he vuelto a releerte.

Explícame, dame razones, excusas o lo que sea pero creíble. Dime que no me quieres porque hasta que no me lo digas no te creeré. Y como sigo sin creerte, también sigo teniendo la sensación de que nuestros caminos volverán a cruzarse, que volveremos a encontrarnos. Sigo siendo incapaz de borrar tu conversación y convencerme de que no son tres puntos, sino punto final, porque no estoy segura de que haya sido un final. Aún.

Yo creo en el destino, y no pienso que nos juntaron para hacerme más fuerte, pienso de verdad que las señales apuntan a algo diferente. Te quiero, y por mucho daño que me hagas, por mucho que me ignores, no me veo capaz de dejar de hacerlo a corto plazo. Dirás que no, pero yo sé que sí. Dirás que ahora eres diferente y que no hay conexión, pero yo sigo siendo el imán atraído por ti, y contra esa fuerza no sé luchar.


martes, 29 de agosto de 2017

Día 1 del proceso de cicatrización

Tengo un recuerdo de hace un mes que parece que fue ayer. Estaba en la orilla, buscando piedras bonitas para hacer collares. La playa estaba abarrotada, y la mayoría era gente que me conocía. Que nos conocía, tú también estabas. Entonces encontré una piedra. Era especial, no por su color, sino por su forma. Si la mirabas por un lado tenía forma de corazón, si la mirabas por el otro tenía forma de "patata" como dije, ¿recuerdas? Te hablé de que todo en la vida es cuestión de perspectiva, y que la piedra, como la vida, también lo era. 

La vida da muchas vueltas y la piedra, si me apuras, también. En ese momento yo pensaba que mi lado era el de la patata, que tú me querías y que yo acabaría haciéndote daño. Me creí invencible y con las ideas claras. Me creí capaz de no dejar entrar a nadie en la coraza que en tanto tiempo me había construido. Creí tener la solución, creí tener la respuesta, pero me faltaba la pregunta de verdad.    

¿Me querías? No. La respuesta era y es no, pero yo creía que sí. No quiero pensar que me lo he inventado ni que ha sido sólo cosa mía, pero al fin y al cabo sí. Es mi perspectiva, no la de los dos. La piedra en su forma de corazón acabó mirándome a mí, en lugar de la patata.

"Tengo el corazón tan roto que cuando bailo suenan cristales", digo siempre, citando a otros pero haciendo mía la frase. Hubiera deseado que te apartaras entonces, cuando aún estábamos a tiempo de evitar el desastre, aunque no estoy segura de si hubiera funcionado o si ya era demasiado tarde. No te quiero desde entonces. O quizás sí, pero lo sé desde hace un par de semanas cuando me levanté pensando en las ganas tan grandes que tenía de verte, en que incluso soñaba con nosotros como si fuera mi día a día, en que era capaz de rechazar todo futuro prometedor, hasta el de irme al extranjero como haré a corto plazo porque significa irme lejos de ti, y hasta eso lo odiaba. 

No te odio a ti, ni estoy enfadada contigo, sino conmigo. Me prometí no volver a sentir y lo he hecho. Me prometí no enamorarme y lo he hecho. Me prometí que no dejaría que me hicieran daño y he acabado hecha pedazos. El problema es que no sé querer a medias, sino entera, y tú, aunque te mereces entera, no has podido aceptarlo. Y ojalá te quisiera a medias, porque entonces así no estaría obligada a alejarme. Y luego eso también lo pienso. Me ha quedado claro que no me quieres, que no soy especial, pero, ¿tan poco me aprecias para no hacer ni un intento por no dejarme ir? No es que quisiera que lo hagas, de lo contrario no me alejaría, pero esperaba importarte algo más de lo que creía. Y sin embargo sigo sin equivocarme. 

Hay tantas cosas que me quedan por decirte y que sepas, que me mata no poder hacerlo más. Me mata que ya no estés, aunque haya sido decisión mía cortar el fino lazo que al final nos une. Me mata tanto que me he visto obligada a dormir abrazada a un cojín para imaginarme que eres tú, para así poder combatir las noches de insomnio. Me mata porque te quiero. Y todavía me levanto por la mañana esperando uno de tus mensajes de madrugada de "Hola, bonita. Acabo de llegar.", para contestarte que me he quedado dormida. Y todavía le insisto a mi madre en que quiero comer pronto porque espero una llamada tuya a las 2 de la tarde, para que me cuentes qué tal estás, qué has hecho y me critiques a los que piensan que aquello es más que un campamento de verano; que me cuentes que le has tocado a tu mejor amiga en el amigo invisible (y ponerme celosa, también), y que te ha regalado un muñeco de ti tan especial que piensas guardar siempre; que me digas que guay yo, cuando te diga que algo lo es; que me pidas ir a verte y yo me haga la remolona intentando luchar por lo que estoy empezando a sentir. También todavía, y seguramente por mucho más tiempo, espero y desespero en encontrarme un mensaje tuyo que me insista en que no me vaya, que me quieres, que quieres intentarlo, que gracias. Pero no voy a encontrar ni un gracias, porque ya ni siquiera me consideras. Soy una romántica que cree en las señales, y, aunque todas mis señales apuntaban a ti, las señales sólo tienen sentido si nosotros se lo damos, y esta vez me equivoqué yo.

Y si lo pienso, yo sí que tengo mucho que agradecerte, porque has cuidado mi sitio favorito, mi "happy place" como si fuera el tuyo, y has hecho más cosas por él de lo que jamás en mi vida pensé que alguien haría. Hasta eso me gusta de ti. Me gusta tanto que no soporto la idea de volver allí hasta que ya no te haya olvidado a ti. Permíteme que te lo cuente así, y que te señale sin rencor como el ladrón de mi sitio favorito, como la razón de mi huída. Me lo has robado, y ahora ya no puedo volver, por mucho que eso también me duela. 

Gracias también por ser mi amor, aunque sólo sea mi amor de verano.

Ojalá alguien te quiera mejor que yo, porque más fuerte me parece prácticamente imposible.


sábado, 26 de agosto de 2017

Los amores de verano están destinados a morir en septiembre

Ya estamos otra vez. El rechazo, la mayor inspiración de todo escritor. Me dueles. Te quiero y me dueles. Y aquí me tienes. Dejándome sangrar una vez más por el teclado. Como si sanara, ilusa. Pero me sale solo. Escribir en un teclado con sinceridad sale solo. Y aún así, un corazón reroto y reresquebrajado no se vuelve a rerecomponer jamás. Ni la cirugía más avanzada lo ha conseguido nunca. Ni el viaje más lejano poniendo más kilómetros de por medio de los que he hecho antes lo va a conseguir. Que nadie avisó que los abrazos que una vez unieron mis piezas se encargarían de separarlas de nuevo. Que nadie me recordó de lo que duele que no te quieran en condiciones. Que nadie supo advertirme de que las ilusiones volverían a hacerme crack y que dejaría de creer. ¿Hasta cuándo? Y yo qué sé. Estoy cansada de dejar entrar lo mas mínimo de alguien para que desde dentro me vuelva a romper. Ojalá algún día sepa volcarme sin vaciarme, que no aprendo. 

26 de agosto y el invierno ya ha entrado en mi cuerpo. Se me eriza la piel del frío que siento cuando pienso en el verano. Qué lejano. Si al final todos los amores de verano están destinados a morir en septiembre. Y cómo duele. Eso me pasa por querer y dejarme querer. Yo, que ya me había acostumbrado a sentirme vacía, a que la soledad fuese mi mejor compañía. A no confiar en promesas vacías y a saber ver venir los huracanes. 

Y ahora, ¿qué? Otro candado más que utilizo para cerrar mi corazón hasta nuevo aviso. Aviso que no llegará nunca. Espero. 

 Fin a una historia que pensaba que acabaría diferente.


jueves, 24 de agosto de 2017

Todos los coches se paran en los pasos de cebra cuando un corredor va a cruzarlos

Últimamente salgo a correr. Me despierto, me visto con ropa de deporte y salgo a la calle. Sobre los hombros la sensación de que aún no están las calles puestas, y de que probablemente haga más ruido mi corazón palpitando que muchos de los despertadores que aún están por sonar. Zapatillas, pelo recogido, calcetines de correr porque "mamá, los otros me hacen rozaduras" y porque, como todo en la vida, cuando una se pone, se pone en serio. No me falta ni el pulsómetro, que me avisa de cuándo el corazón va más rápido que mis pensamientos o mis pasos. Como en la vida, supongo, también. Y con todo eso, aún no hay accesorio que me ayude a dejar la mente en blanco, que aparte los demonios con los que lidio día tras día, rezando porque por alguna vez mis sentimientos sean correspondidos; rezando porque la vida deje de ser nivel experto pero no para ser fácil, que yo me conformo con el medio. 

Camino, corro, camino, corro, camino, corro hasta que descanso. Mi descanso es obligatorio, con vistas al mar, sea cual sea la fuerza con al que sople el viento, aunque me despeine. Observo las olas que se lucen al romper en la orilla, como si supieran que soy la única observante. Incluso las nubes, a veces, se esfuerzan en proporcionarme un espectáculo de luces convirtiéndolo en un mano a mano con el Sol. Precioso y calmante a la vez. Otros caminantes a veces me miran, como si se preguntaran por qué una chica con pintas de correr pasa tanto rato mirando al mar. Yo les devuelvo la mirada con cara de "nadie sabe los dragones interiores a los que se enfrenta cada uno". 

Y así, día tras día. Zapatillas, pelo recogido, calcetines de correr porque "mamá, los otros me hacen rozaduras", pulsómetro; pero ningún accesorio para mantener la mente en blanco. Sin las calles puestas y los despertadores ajenos por sonar, a pesar de que nunca salgo antes de las ocho. Y hasta hoy no me he dado cuenta de otro símil con la vida. Al cruzar la carretera, todos los coches se paran. Y yo me preguntaba qué tenía en la cara para conseguir despejar los pasos de cebra de coches cada vez que me acercaba a uno. Sólo hoy he conseguido asociarlo a mi ropa: deporte, de corredor, de caminante. Como si mis pintas de estar a punto de salir corriendo fueran suficientes como para no impacientar a ningún conductor rabioso. Lo he probado varias veces y no falla. Ni una. ¿Por qué siempre dejan pasar a los que tienen pinta de salir corriendo? Y lo he vuelto a asociar con la vida. Y conmigo. Estamos dispuestos a dejar entrar en nuestras vidas a los huracanes; a los que llegan, nos destrozan y se van; a los que no piensan quedarse; a los que están de paso; a los que están dispuestos a salir corriendo. Como yo, supongo. Como yo estoy dispuesta a salir corriendo siempre, me refiero. Porque soy de esas, de las corredoras, no de los conductores. A salir corriendo ante cualquier ápice de sentimiento contra el que no pueda luchar. Y con calcetines de correr porque no quiero que me hagan rozaduras. De nuevo me refiero a la vida y sus historias.

Con todo esto sigue sin haber accesorio para mantener la mente en blanco, pero eso lo soluciono escribiendo. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

He encontrado un texto del verano de 2015 y aún hablaba de ti

Adoraba el final del verano. Desde siempre. El Sol se ponía antes, la arena bajo mis pies empezaba a enfriarse antes y las noches se alargaban más. Era mi inminente recuerdo de que el curso se estaba acercando. Me gustaba hasta eso. 

Prefería mil veces el final que el principio del verano. Al principio todo el mundo sabe que le quedan semanas de verano por delante; al final es cuando se disfruta más el verdadero verano, cuando nos damos cuenta de que el verano no era tan eterno como prometía. Como la vida, supongo.

Ese verano había sido el mejor de mi vida. Había superado con creces mis expectativas porque yo, por fin, te había superado a ti.

Mi sonrisa permanente me lo decía. Mi piel morena me recordaba que no tenía noticias de ti desde mucho antes de que el sol del verano comenzara a dejar huella en mí. Me encantaba esa sensación.

El curso comenzaría pronto y yo tendría que volver a la universidad, a mi vida real. La burbuja del verano estaba a punto de rompérseme, y yo tenía la esperanza de no tener que encontrarme contigo. Otra vez. De que no me vieras en pedazos, como aún seguía a pesar del verano que tanto sana. Tenía la esperanza de que te olvidaras de mí. Y yo de ti, si cabía.

Mis esperanzas, por suerte, un día de ese verano se cumplieron. Y nunca más supe de ti. Y nunca más tuve que rezar para superarte. Ni olvidarte, pero sí para recomponerme.


sábado, 29 de julio de 2017

Otra carta más pero no para una persona más

Querido tú,

Querido, queridísimo tú. Sé que me leerás, porque me lo has pedido. Es la primera vez que alguien me pide que escriba sobre él y yo le concedo el deseo. En parte por ti, en parte porque me lo debo. Escribo sobre todo lo grande en la vida, bueno o malo, y tú no ibas a ser diferente. No en ese aspecto. A ti, mi niño, también te debo una de mis cartas. A ti, el policía incoherente (tú me entiendes), te debo mi mejor carta.

Eres lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Te quiero, aunque sea la primera vez que lo diga (escriba). Ya sabes que soy un desastre diciendo las cosas importantes, que prefiero escribirlas, porque cuando las digo rompo a llorar. Qué llorona, ¿no? Si al final soy todo caos.

Te quiero. (Otra vez, qué pesada). Y sin embargo no como tú lo haces, no como me gustaría hacerlo. Y me odio. Me odio por no llegar a lo que eres y además no llegar a lo que te mereces. Y aquí tenemos otra razón más por la que no soy tan especial como crees, porque no soy lo que mereces. 

A pesar de eso no te escribo porque te quiera (en parte sí). Ni porque me odie y no tenga el coraje suficiente de decírtelo a ti así, con todas las letras (aunque en parte también). Sino porque me importas tanto que tengo miedo de levantarme un día y que te hayas hartado de mí, porque te des cuenta tú también de que mereces algo mejor, que te des cuenta de que en realidad no te aporto nada y no quieras ni mi amistad. Yo y mis miedos, qué repetida, ¿no?

Te necesito. Te necesito como no sabía que necesitara a nadie, porque necesito que me quieras como tú y pocos (nadie) saben, con todas mis roturas, mis cicatrices y mis herrores, con hache, porque sólo yo los cometo. Te necesito porque necesito la conexión tan especial que nos une, porque desde que la tengo no sé vivir sin ella. Te ne ce si to.

Yo, que me considero independiente, que vuelo sin atarme a nadie porque tengo miedo de que me abandonen cuando más los necesito, no he podido evitar(te). Tú, que como un ladrón (antítesis) te colaste en mi vida llegando en el peor momento pero en el mejor y en el más inesperado lugar. Tú, que insistes en que te diga las cosas y yo, que nunca sé abrir la boca con tal de no meter la pata y que te vayas, como todos los demás

Esta carta es diferente, ¿sabes?, porque es la primera carta que escribo que no significa un final, sino un principio. Porque no es una carta que me ayuda a superar, sino a entender. Porque me la has pedido, y la leerás, al contrario de las demás. Y sin embargo es a la que más miedo tengo. O a cuyas reacciones más miedo tengo. No a ti, a lo que digas, a lo que pienses, a lo que hagas, a lo que decidas.

El océano todo lo cura, suelo decir. Hoy he estado en la playa y le he pedido que me cure de una vez, que no quiero olvidarte y que me olvides, sino dejar de estar rota para que me empieces a entender sin irte. 

Quiero que sepas que soy de mil dudas, de infinitas dudas. Que sí, soy una romántica con miedo a perder lo que en algún momento fue mío, y que me aferro a mil cosas del pasado con tal de no perderlo, que no quiero pertenecer a nadie y muchas veces no me doy cuenta de que a quien tengo que pertenecer en primer lugar es a mí, y ni siquiera eso puedo conseguirlo. Que sí, tuviste razón aquella noche acusándome de lo que ambos sabemos que soy, una romántica, pero resulta que también tengo miedo de que me calen tan profundo en tan poco tiempo que siempre acabo negándolo, hasta que yo misma me lo creo. Que soy cobarde, ilusa, idiota. Que soy Paulo Coelho cuando me dejan serlo (gracias, por eso también). Que no estoy segura en ningún aspecto de mi vida excepto cuando estoy en alguno de mis dos lugares favoritos (el otro es Nueva York). Fíjate, qué tontería, como si fuera magia, (como tus abrazos). Que te estoy atiborrando a información en mi intento desesperado de abrirme sin llorar para que no-te-va-yas, que no sé cómo decírtelo ya para hacerte entender que eres lo más importante y lo mejor que me ha pasado en muchísimo tiempo.

Que sí. Que lo entiendo. Que te entiendo. Que es más fácil dejar ir que aguantar. Que es más fácil tirar la toalla que persistir. Que es más fácil cambiar de camino cuando la respuesta no te gusta. Que te entiendo, insisto, pero, por favor, perdóname si alguna vez te hiero. 

Tú, que eres lo más especial que no quiero perder ahora mismo, no te vayas nunca, por favor.

Atte: Yo

miércoles, 3 de mayo de 2017

No eres tú, soy yo

Querido tú:

Hace tanto tiempo que no escribía desde lo más profundo de mi corazón que se me ha olvidado cómo se hacía. Pero aquí estoy. Papel, boli, corazón abierto y yo.

Por primera vez en mi vida no sé cómo empezar. Soy de muchas palabras, y ahora no sé cómo expresarme, así que empezaré definiéndome. Lo que ves por fuera es lo que hay al exterior: la fachada. Por dentro soy otro mundo. Cuando leí la frase de Sara Búho "Tengo el corazón tan roto que cuando bailo suenan cristales" creí que hablaba de mí, que me había visto bailar al compás de mis cristales. Por dentro tengo heridas que aún no han sanado, cicatrices abiertas y que no cierran por mi empeño de sacar un clavo con otro clavo (que, por cierto, nunca funciona), y tiritas desgastadas que se despegan y yo vuelvo a pegar, desesperada.

Ahora bien, el problema está en que vienes a destiempo, por no decirte tarde. Soy de la opinión de los que dicen que las cosas que viene tarde vienen desfasadas, pero decidí darte una oportunidad. Por mí, porque me lo debía. (Esa es otra historia más).

Al problema del cuándo le añado el cómo, y es a toda velocidad. Como un problema de matemáticas, no hay que olvidar datos aquí, y si vienes a bailar rockabilly con un corazón que hasta con una balada se deshace, llegamos al caos infinito, algo que ya soy: caos.

Por último el qué. Me haré la pregunta que ni tú ni nadie me ha hecho jamás: ¿Qué necesitas? No necesito la estabilidad que me aportas estando tan muerta por dentro como estoy. Necesito sentirme viva. Necesito calor más que cariño. Necesito pop alternativo cocido a fuego lento más que rockabilly a toda pastilla o baladas al baño maría.

Necesito vértigo. Necesito vivir.

Y tú, que no eres de vueltas, ¿cómo vas a ponerme la vida patas arriba?

No eres tú, soy yo, y espero que en esta carta lo comprendas.

Atte: Yo.

viernes, 24 de marzo de 2017

El orgullo no me deja reconocer que me gustas

"Te gusta", me dicen los que me conocen, como si no necesitaran mis palabras. Y no las necesitan, porque mi sonrisa habla por sí sola. Si le preguntas te dirá que se muere por verte, por buscarte, por luchar por algo que ya sabe que es una causa perdida. "Que la vida es efímera", también te dirá mi sonrisa, "pero no es lo que buscamos", dirá el orgullo. Eres mi serendipia, digo yo, de corazón. ¿Qué te parece? Es lo único mío que puedo llamarte, mi serendipia

Estoy enamorada de la gente que me alegra la vida, y mi corazón ha vuelto a dar saltitos otra vez, como ya hizo y no olvida. Que sueño con verte, y eso nadie lo sabe. Que sueño con reír contigo, por comerte a besos de madrugada mientras la luz de la luna llena entra por mi ventana. Que te pienso, todo el tiempo. Que te escribo, y eso es nuevo. Que nadie consigue encender la llama en un cuerpo que hace tiempo dejó de tener corriente eléctrica, y tú me das electricidad.

A ver cómo te digo yo lo que siento si ni a mí misma me lo reconozco. A ver cómo de capaz soy de sobrevivir con la boca callada, provocando al destino para verte, mintiendo a los demás al decirles que dejen de exagerar, que no busco excusas para hablarles de ti todo el rato. A ver cómo lucho yo contra el tiempo para que no nos separe, contra el universo para que deje de poner trabas. Contra mí, para que deje de esconderme. 

Que el corazón no decide lo sabemos todos, pero pocos son capaces de dañarlo más negando la realidad. Considérame una de esas masoquistas, pues tendré suerte de que al menos me consideres. Sufro más por lo que no me quieres que por lo bien que te caigo, porque para mí no es suficiente. No es suficiente pero no habrá más, porque nadie está dispuesto a arreglar a ningún corazón roto, a ninguna persona dañada. 

A ver, explícame, cómo carajo hago para olvidarte aún sabiendo que no me quieres. 


sábado, 18 de febrero de 2017

De humillaciones y errores

Humillación. Nunca me había dado cuenta de la gran humillación que me hiciste pasar hasta que lo dije en voz alta. Y me prometí mil y una veces no escribir sobre ti, pero el rechazo es la mayor inspiración de todo escritor, y tú eres mi mayor rechazo. Nunca sabes los que tienes hasta que lo pierdes, pero si eso que tenías era malo y te humillaba, ¿cuenta? 

Otro adiós, es lo mejor y único que puedo desearte.

En fin, que te odio. Que te odio y te vuelvo a odiar. Que nunca voy a perdonar, por mucho que Dios lo quiera. Que entiendo que no me quisieras, o que nunca quisieras reconocer en voz alta que me querías, pero jamás pensé que me ibas a humillar. ¿Qué más cosas tengo que saber sobre ti? ¿Que más vas a hacer para que tiempo después me sigan llegando noticias tuyas? Noticias malas, que es lo malo. Noticias del pasado, que es lo peor.

Desde luego, nunca se te va a presentar una oportunidad como yo lo fui para ti, pero tampoco me van a humillar como lo fuiste para mí. Nadie se merece tu atención, todos merecen algo mejor que tú.

Me alegro, error, de que no me dejaras cometerte.




jueves, 26 de enero de 2017

Promesas que no cumpliré y que (por primera vez) no tratan de ti

Dicen que la inspiración no existe. Que por mucho que uno diga buscarla, el que no la encuentra es porque no quiere. No hay musas ni duendes que escriben por mí. No hay magia, no existe. No me quitarás nada porque no hay nada que quitar. La inspiración la tengo si quiero, si lo decido yo. Escribo más cuando más me quiero. Y me quiero más cuando menos me duele que tú no lo hagas. Escribiré por mí, porque me lo debo, porque me lo merezco. Portaré libretas todo el día y donde vaya para, en cada esquina que sienta, poder dejar sangrar el dolor que aún me queda en sus páginas, que cada vez que apriete el bolígrafo sea porque las heridas escuecen, que cada vez que cierre un cuaderno sea como un soplo de aire fresco en la cara, una vuelta a la realidad donde los sentimientos de verdad no son encontrados, disfrutados, devueltos. ¿Qué es de mí sin ti? Yo misma. Sola. Entera. Yo. Mi persona. Dicho está. Me quiero a solas con mi teclado. Mi teclado. Yo. Mis libretas. Yo. Mis bolígrafos de brillantina por fuera con tinta azul y gastada por dentro. (Como) Yo. Qué horror, menudas comparaciones hago para acabar manteniendo mis escritos en privado. O compartiéndolos en público. Según me dé, Aún hay textos que me abren tan en canal que no son propios de leerlos a grito pelao y tono burlesco, como tú hiciste.

Hasta aquí mi promesa, yo me entiendo.
Fdo:

Mi persona.