martes, 29 de agosto de 2017

Día 1 del proceso de cicatrización

Tengo un recuerdo de hace un mes que parece que fue ayer. Estaba en la orilla, buscando piedras bonitas para hacer collares. La playa estaba abarrotada, y la mayoría era gente que me conocía. Que nos conocía, tú también estabas. Entonces encontré una piedra. Era especial, no por su color, sino por su forma. Si la mirabas por un lado tenía forma de corazón, si la mirabas por el otro tenía forma de "patata" como dije, ¿recuerdas? Te hablé de que todo en la vida es cuestión de perspectiva, y que la piedra, como la vida, también lo era. 

La vida da muchas vueltas y la piedra, si me apuras, también. En ese momento yo pensaba que mi lado era el de la patata, que tú me querías y que yo acabaría haciéndote daño. Me creí invencible y con las ideas claras. Me creí capaz de no dejar entrar a nadie en la coraza que en tanto tiempo me había construido. Creí tener la solución, creí tener la respuesta, pero me faltaba la pregunta de verdad.    

¿Me querías? No. La respuesta era y es no, pero yo creía que sí. No quiero pensar que me lo he inventado ni que ha sido sólo cosa mía, pero al fin y al cabo sí. Es mi perspectiva, no la de los dos. La piedra en su forma de corazón acabó mirándome a mí, en lugar de la patata.

"Tengo el corazón tan roto que cuando bailo suenan cristales", digo siempre, citando a otros pero haciendo mía la frase. Hubiera deseado que te apartaras entonces, cuando aún estábamos a tiempo de evitar el desastre, aunque no estoy segura de si hubiera funcionado o si ya era demasiado tarde. No te quiero desde entonces. O quizás sí, pero lo sé desde hace un par de semanas cuando me levanté pensando en las ganas tan grandes que tenía de verte, en que incluso soñaba con nosotros como si fuera mi día a día, en que era capaz de rechazar todo futuro prometedor, hasta el de irme al extranjero como haré a corto plazo porque significa irme lejos de ti, y hasta eso lo odiaba. 

No te odio a ti, ni estoy enfadada contigo, sino conmigo. Me prometí no volver a sentir y lo he hecho. Me prometí no enamorarme y lo he hecho. Me prometí que no dejaría que me hicieran daño y he acabado hecha pedazos. El problema es que no sé querer a medias, sino entera, y tú, aunque te mereces entera, no has podido aceptarlo. Y ojalá te quisiera a medias, porque entonces así no estaría obligada a alejarme. Y luego eso también lo pienso. Me ha quedado claro que no me quieres, que no soy especial, pero, ¿tan poco me aprecias para no hacer ni un intento por no dejarme ir? No es que quisiera que lo hagas, de lo contrario no me alejaría, pero esperaba importarte algo más de lo que creía. Y sin embargo sigo sin equivocarme. 

Hay tantas cosas que me quedan por decirte y que sepas, que me mata no poder hacerlo más. Me mata que ya no estés, aunque haya sido decisión mía cortar el fino lazo que al final nos une. Me mata tanto que me he visto obligada a dormir abrazada a un cojín para imaginarme que eres tú, para así poder combatir las noches de insomnio. Me mata porque te quiero. Y todavía me levanto por la mañana esperando uno de tus mensajes de madrugada de "Hola, bonita. Acabo de llegar.", para contestarte que me he quedado dormida. Y todavía le insisto a mi madre en que quiero comer pronto porque espero una llamada tuya a las 2 de la tarde, para que me cuentes qué tal estás, qué has hecho y me critiques a los que piensan que aquello es más que un campamento de verano; que me cuentes que le has tocado a tu mejor amiga en el amigo invisible (y ponerme celosa, también), y que te ha regalado un muñeco de ti tan especial que piensas guardar siempre; que me digas que guay yo, cuando te diga que algo lo es; que me pidas ir a verte y yo me haga la remolona intentando luchar por lo que estoy empezando a sentir. También todavía, y seguramente por mucho más tiempo, espero y desespero en encontrarme un mensaje tuyo que me insista en que no me vaya, que me quieres, que quieres intentarlo, que gracias. Pero no voy a encontrar ni un gracias, porque ya ni siquiera me consideras. Soy una romántica que cree en las señales, y, aunque todas mis señales apuntaban a ti, las señales sólo tienen sentido si nosotros se lo damos, y esta vez me equivoqué yo.

Y si lo pienso, yo sí que tengo mucho que agradecerte, porque has cuidado mi sitio favorito, mi "happy place" como si fuera el tuyo, y has hecho más cosas por él de lo que jamás en mi vida pensé que alguien haría. Hasta eso me gusta de ti. Me gusta tanto que no soporto la idea de volver allí hasta que ya no te haya olvidado a ti. Permíteme que te lo cuente así, y que te señale sin rencor como el ladrón de mi sitio favorito, como la razón de mi huída. Me lo has robado, y ahora ya no puedo volver, por mucho que eso también me duela. 

Gracias también por ser mi amor, aunque sólo sea mi amor de verano.

Ojalá alguien te quiera mejor que yo, porque más fuerte me parece prácticamente imposible.


sábado, 26 de agosto de 2017

Los amores de verano están destinados a morir en septiembre

Ya estamos otra vez. El rechazo, la mayor inspiración de todo escritor. Me dueles. Te quiero y me dueles. Y aquí me tienes. Dejándome sangrar una vez más por el teclado. Como si sanara, ilusa. Pero me sale solo. Escribir en un teclado con sinceridad sale solo. Y aún así, un corazón reroto y reresquebrajado no se vuelve a rerecomponer jamás. Ni la cirugía más avanzada lo ha conseguido nunca. Ni el viaje más lejano poniendo más kilómetros de por medio de los que he hecho antes lo va a conseguir. Que nadie avisó que los abrazos que una vez unieron mis piezas se encargarían de separarlas de nuevo. Que nadie me recordó de lo que duele que no te quieran en condiciones. Que nadie supo advertirme de que las ilusiones volverían a hacerme crack y que dejaría de creer. ¿Hasta cuándo? Y yo qué sé. Estoy cansada de dejar entrar lo mas mínimo de alguien para que desde dentro me vuelva a romper. Ojalá algún día sepa volcarme sin vaciarme, que no aprendo. 

26 de agosto y el invierno ya ha entrado en mi cuerpo. Se me eriza la piel del frío que siento cuando pienso en el verano. Qué lejano. Si al final todos los amores de verano están destinados a morir en septiembre. Y cómo duele. Eso me pasa por querer y dejarme querer. Yo, que ya me había acostumbrado a sentirme vacía, a que la soledad fuese mi mejor compañía. A no confiar en promesas vacías y a saber ver venir los huracanes. 

Y ahora, ¿qué? Otro candado más que utilizo para cerrar mi corazón hasta nuevo aviso. Aviso que no llegará nunca. Espero. 

 Fin a una historia que pensaba que acabaría diferente.


jueves, 24 de agosto de 2017

Todos los coches se paran en los pasos de cebra cuando un corredor va a cruzarlos

Últimamente salgo a correr. Me despierto, me visto con ropa de deporte y salgo a la calle. Sobre los hombros la sensación de que aún no están las calles puestas, y de que probablemente haga más ruido mi corazón palpitando que muchos de los despertadores que aún están por sonar. Zapatillas, pelo recogido, calcetines de correr porque "mamá, los otros me hacen rozaduras" y porque, como todo en la vida, cuando una se pone, se pone en serio. No me falta ni el pulsómetro, que me avisa de cuándo el corazón va más rápido que mis pensamientos o mis pasos. Como en la vida, supongo, también. Y con todo eso, aún no hay accesorio que me ayude a dejar la mente en blanco, que aparte los demonios con los que lidio día tras día, rezando porque por alguna vez mis sentimientos sean correspondidos; rezando porque la vida deje de ser nivel experto pero no para ser fácil, que yo me conformo con el medio. 

Camino, corro, camino, corro, camino, corro hasta que descanso. Mi descanso es obligatorio, con vistas al mar, sea cual sea la fuerza con al que sople el viento, aunque me despeine. Observo las olas que se lucen al romper en la orilla, como si supieran que soy la única observante. Incluso las nubes, a veces, se esfuerzan en proporcionarme un espectáculo de luces convirtiéndolo en un mano a mano con el Sol. Precioso y calmante a la vez. Otros caminantes a veces me miran, como si se preguntaran por qué una chica con pintas de correr pasa tanto rato mirando al mar. Yo les devuelvo la mirada con cara de "nadie sabe los dragones interiores a los que se enfrenta cada uno". 

Y así, día tras día. Zapatillas, pelo recogido, calcetines de correr porque "mamá, los otros me hacen rozaduras", pulsómetro; pero ningún accesorio para mantener la mente en blanco. Sin las calles puestas y los despertadores ajenos por sonar, a pesar de que nunca salgo antes de las ocho. Y hasta hoy no me he dado cuenta de otro símil con la vida. Al cruzar la carretera, todos los coches se paran. Y yo me preguntaba qué tenía en la cara para conseguir despejar los pasos de cebra de coches cada vez que me acercaba a uno. Sólo hoy he conseguido asociarlo a mi ropa: deporte, de corredor, de caminante. Como si mis pintas de estar a punto de salir corriendo fueran suficientes como para no impacientar a ningún conductor rabioso. Lo he probado varias veces y no falla. Ni una. ¿Por qué siempre dejan pasar a los que tienen pinta de salir corriendo? Y lo he vuelto a asociar con la vida. Y conmigo. Estamos dispuestos a dejar entrar en nuestras vidas a los huracanes; a los que llegan, nos destrozan y se van; a los que no piensan quedarse; a los que están de paso; a los que están dispuestos a salir corriendo. Como yo, supongo. Como yo estoy dispuesta a salir corriendo siempre, me refiero. Porque soy de esas, de las corredoras, no de los conductores. A salir corriendo ante cualquier ápice de sentimiento contra el que no pueda luchar. Y con calcetines de correr porque no quiero que me hagan rozaduras. De nuevo me refiero a la vida y sus historias.

Con todo esto sigue sin haber accesorio para mantener la mente en blanco, pero eso lo soluciono escribiendo. 

miércoles, 2 de agosto de 2017

He encontrado un texto del verano de 2015 y aún hablaba de ti

Adoraba el final del verano. Desde siempre. El Sol se ponía antes, la arena bajo mis pies empezaba a enfriarse antes y las noches se alargaban más. Era mi inminente recuerdo de que el curso se estaba acercando. Me gustaba hasta eso. 

Prefería mil veces el final que el principio del verano. Al principio todo el mundo sabe que le quedan semanas de verano por delante; al final es cuando se disfruta más el verdadero verano, cuando nos damos cuenta de que el verano no era tan eterno como prometía. Como la vida, supongo.

Ese verano había sido el mejor de mi vida. Había superado con creces mis expectativas porque yo, por fin, te había superado a ti.

Mi sonrisa permanente me lo decía. Mi piel morena me recordaba que no tenía noticias de ti desde mucho antes de que el sol del verano comenzara a dejar huella en mí. Me encantaba esa sensación.

El curso comenzaría pronto y yo tendría que volver a la universidad, a mi vida real. La burbuja del verano estaba a punto de rompérseme, y yo tenía la esperanza de no tener que encontrarme contigo. Otra vez. De que no me vieras en pedazos, como aún seguía a pesar del verano que tanto sana. Tenía la esperanza de que te olvidaras de mí. Y yo de ti, si cabía.

Mis esperanzas, por suerte, un día de ese verano se cumplieron. Y nunca más supe de ti. Y nunca más tuve que rezar para superarte. Ni olvidarte, pero sí para recomponerme.